martes, 1 de enero de 2013

LAS OTRAS GUERRAS CIVILES DE LAS INDEPENDENCIAS ESPAÑOLAS (HISTORIA NO MUY CONTADA DE LA I REPÚBLICA ESPAÑOLA)


Cuando en la España actual tenemos 17 gobiernos autonómicos, se habla de secesionismo, y de un posible Estado Federal como si el estado de las autonomías no fuera bastante, sería bueno recordar que durante la Primera República ocurrieron en España unos sucesos que, al ser escasamente divulgados, han pasado con frecuencia desapercibidos, pero que podrían servir de punto de partida para reflexionar sobre episodios paralelos, teniendo en cuenta además que los acontecimientos de aquellos tiempos trajeron unas consecuencias que supuso derramamiento de la sangre de muchos miles de españoles, cada uno defendiendo y luchando por sus ideales.


Hagamos un repaso a ese breve paréntesis históricas, de grandes revueltas, convulsiones, inestabilidad política, caos, guerras civiles, rebelión en la colonias, secesionismos regionales, derrumbamiento económico, miseria entre las clases populares y mucho paro:


En los últimos años de su reinado, se estaba precipitando la caída de la reina Isabel II, que a pesar de su parlamentarismo, a los ojos del pueblo todavía representaba el absolutismo ilustrado de su padre, y solamente era respaldada por el clero, la aristocracia terrateniente, el ejército y la alta burguesía  Por otra parte, los revolucionarios republicanos con el soporte de la pequeña burguesía ilustrada, el campesinado y la clase obrera proletaria que ya empezaban sentir influencias de la internacional socialista y del movimiento anarquista; así como los continuados enfrentamientos entre las distintas facciones políticas, seguirían mimando los restos del antiguo régimen en España, cosa que lleva a la reina borbónica al exilio, y la monarca decide irse a vivir a Paris

Se forma un gobierno provisional, que convoca las Cortes Constituyentes, las cuales en su amplia mayoría se decantan por un régimen monárquico democrático y liberal, ofreciendo la corona española al principe italiano Amadeo I de Saboya. Pero justo cuando el nuevo rey italiano de España desembarca en nuestro país, es asesinado el general Prim, el artífice de la coalición para formar el Gobierno provisional que fuera el sostén del nuevo monarca, que esté tras intensas luchas políticas intestinas, avivadas por las guerras carlistas, las aspiraciones federalistas e incluso separatistas de algunas regiones, y viendo que tenía muy poco apoyo tanto desde la oposición, como de la aristocracia borbónica, el clerado español y el propio pueblo que no sentía simpatías por él al no esforzarse en aprender español, así como el recrudecimiento de las guerras carlistas y la insurrección de Cuba, no quiso continuar como rey de España a pesar de sus buenas intenciones democráticas y liberales, y abdicó en 1873 tras un corto y angustioso reinado de dos años, al que calificó a los políticos españoles como “una jauría de locos”.



Entonces es cuando da lugar a la Primera República Española, que comenzaría al empezar el nuevo año 1873, en el cual el 6 de enero hubo un banquete en palacio, al que no quisieron asistir ni los unionistas ni los partidarios de Sagasta. El general Serrano, causante del destierro de la reina Isabel II se negó a ser padrino de un hijo del nuevo rey Amadeo I. El nombramiento de Hidalgo para el cargo de general en jefe de Cataluña promovió el descontento de los artilleros, que pidieron su licencia absoluta. El 9 de febrero firmó el rey la disolución del arma de artillería, y ya el día antes había anunciado al presidente de las Cortes su decisión irrevocable de abdicar de la Corona Española, lo que llevó a cabo el 11 de febrero de 1873, y el mismo día, reunidos el Congreso y Senado en Asamblea Nacional, votaron la formación de la República por 258 votos contra 32, a pesar de que la cámara era mayoritamente monárquica, votándose un Poder Ejecutivo del que ocupó la presidencia el catalán Estanislao Figueras Moragas, y formaron Castelar, Salmerón, Pi y Margall, Echegaray, Beranger, Córdoba y Becerra, que se encontraron con los problemas de las guerras carlistas (la causa del pretendiente  Carlos VII al trono), cantonal (regiones que querían independizarse) y separatista (el resto del imperio español de ultramar que querían emmaciparse). 


Este gobierno decretó la abolición de la esclavitud en Puerto Rico, de acuerdo con la preposición de Ruiz Zorrilla (anterior jefe de gobierno con Isabel II), no haciéndolo en Cuba a causa de la insurrección. Hubo sublevaciones en Barcelona y Málaga y luego en Madrid, siendo disuelta la Asamblea Nacional el 23 de Abril. No había orden ni concierto en ninguna parte y los soldados saludaban a sus oficiales con el grito de “¡Qué bailen!”, con todo lo que representa de indisciplina. 




El 10 de junio de 1873 se reunieron las Cortes Constituyentes, tras unos comicios de muy baja participación, pero en los que salieron una abrumadora mayoría de partidos republicanos, y el presidente Figueras harto de los estériles enfrentamientos políticos presentó la dimisión y se fugó hacia París autoexiliándose voluntariamente, sucediéndole el catalán federalista Francisco Pi i Margall, obligado por los militares a que ningún parlamentario saliera de la cámara sin que antes hubieran elegido un nuevo presidente. Da la casualidad de que el último gobierno de Don Amadeo de Saboya dejó vacías las arcas de la hacienda pública, complicándose la transición al nuevo gobierno, que luego encontraría muchísimas dificultades para financiar sus operaciones de guerra, aparte de la terrible crisis económica y los alarmantes niveles de paro entre la clase obrera y campesina, pero esa república, dividida entre republicanos unitarios y federales, no contaba con mucho apoyo popular, aparte de marcada mentalidad monárquica de la inmensa mayoría del pueblo.  El nuevo presidente federalista de la Primera República Española, Pi y Margall, estuvo a punto de romper la unidad de España al reflejar y sancionar en la Constitución Federalista que las regiones eran Estados Soberanos. Tras esa decisión, el país se enfrentó a un caos total y estuvo a punto de desintegrarse con huelgas generales en toda España, soldados asesinando a oficiales, alcaldes linchados y centenares de muertos. En el breve tiempo que estuvo al frente del poder ejecutivo (de 10 de junio a 18 de julio de 1873), en medio de continuadas sublevaciones, se declararon estados cantonales republicanos independientes Cataluña, Sevilla, Cádiz, Málaga, Granada, Andújar, Almansa, Jaén, Hervás, Placensia, Coria, Loja, Camuñas, Torrevieja, Tarifa, Motril, Murcia, Cartagena, Alcoy (revolución del petróleo) , Valencia y varias más, secundadas por varios buques de la marina militar en el caso de Cartagena, por ejemplo. Muchas de estas nuevas repúblicas independientes se enfrentaron entre sí dando lugar a situaciones cómicas si no fuese por lo trágico de sus desenlaces.



Por un conflicto de intereses, la república independiente de Jumilla amenaza a la también independiente república de Murcia: "La nación jumillana desea vivir en paz con todas las naciones vecinas y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si la nación murciana, su vecina, se atreve a desconocer su autonomía y a traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá, como los héroes del Dos de Mayo, y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar, en sus justísimos desquites, hasta Murcia, y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra”.Esta era la proclama de guerra de la orgullosa Jumilla, de un texto que corrió por dicho pueblo, aunque no está los suficientemente comprobado históricamente.




Ante ese estado de cosas Cartagena decide ser neutral entre Jumilla y Murcia y se declara a su vez Cantón Independiente y Soberano, liderada por el repúblicano progresista Antonio Gálvez, alías “Toñete”. A tal efecto, los revolucionarios cartageneros se hacen con el Gobierno Civil y el Militar, asaltan el Ayuntamiento y crean una Junta que, en nombre del Cantón Independiente, gobierne el nuevo Estado. Toman también el control del Arsenal y del puerto, donde estaba amarrada una buena parte de de la Flota española, que se une a la sublevación.  En el Castillo de Galeras se iza la bandera cantonalista. Toman una bandera turca que había por allí, pintan de rojo con la “heroíca” sangre del brazo que se corta un sublevado la media luna y la estrella blancas, y ese estandarte rojo se identifica como símbolo del Cantón Independiente de Cartagena. En Madrid dirán: “Cartagena ha sido tomada por los turcos”, según telegrama que le envió el capitán general defensor de la Cartagena pro-española y unitaria.


Lógicamente, el proyecto cantonalista es rechazado por las Cortes y dimite el presidente Pi y Margall que no era partidario de actuar contra los cantonalistas, ya que iba contra las propias ideas federalistas que él mismo había predicado y defendido: "No hay más que dos caminos, o la política o las concesiones y, por supuesto, mi idea es conceder lo que el pueblo pide".Al dimitir dijo Pi y Margal: “Han sido tantas mis amarguras en el poder, que no puedo codiciarlo. He perdido en el gobierno mi tranquilidad, mi reposo, mis ilusiones, mi confianza en los hombres, que constituía el fondo de mi carácter. Por cada hombre agradecido, cien ingratos; por cada hombre desinteresado y patriótico, cientos que no buscaban en la política sino la satisfacción de sus apetitos. He recibido mal por bien...”


A Pi i Margall, le sucedió el andaluz Nicolás Salmerón, que gobernó desde el 18 de julio al 7 de septiembre. El presidente Salmerón que no hizo caso al argumento de su antecesor, confió el encargo de reprimir la revolución de los independentistas cantonales en especial a los generales Pavia y Martínez Campos.



Los cartageneros, con el armamento del arsenal y con su flota, resisten el ataque de las fuerzas  del Gobierno. La armada cantonalista, mandada por el militar progresista Antoñete Gálvez Arce ("Toñete" para los amigos), natural de Torreagüera, ex diputado en las Cortes y que antes había estado en el exilio africano a causa de discrepancias politicas, continúa la ofensiva. A la orden de "a toa máquina", y reforzada con unos 500 hombres del Batallón de Cazadores de Mendigorría a bordo, llega a bombardear el puerto de Alicante y a desembarcar en la ciudad. En esta acción bélica se recaudan 8.000 duros de plata que "voluntariamente" entrega la ciudad conquistada.  El 29 de Julio de 1873, las fragatas cantonales fondean en aguas de la capital almeriense, exigiendo la evacuación de las fuerzas militares, la proclamación del cantón y el pago inmediato de 400.000 pesetas de la Administración de Aduanas y 500.000 más procedentes de comerciantes y banqueros.  Al no ser satisfecho este pago, las tropas cartageneras lideradas por “Toñete” desembarcan para conquistar la ciudad, pero las fuerzas de Almería, paisanos del presidente de la República Salmerón, evitan, tras furiosos tiroteos, el desembarco de los cantonales cartageneros lo que conduce, el día 30 de julio, al bombardeo naval de la ciudad. El objeto de aquellas incursiones por mar y tierra era incorporar tierras y poblaciones al cantón independiente de Cartagena, así como recaudar fondos o “contribuciones de guerra”, "voluntarias" por supuesto, para mantener la independencia.


Cartagena era en ese momento un país independiente "de facto" y, como tal, tenía derecho a moneda propia. En consecuencia, se acuña el "duro cantonal", con sus respectivas "pesetas cantonales", monedas con las que se pretendía costear los gastos generados durante el periodo de lucha por su independencia, que duró unos 6 meses. 



Para garantizarse su seguridad y encontrar apoyo internacional, el gobierno independiente de Cartagena se pone en contacto con el de los Estados Unidos de América, que hacia muy poco que ya había vivido su propia guerra de secesión, y solicita su ingreso como un estado más de la unión, al tiempo que pide ayuda, principalmente armas y pertrechos de guerra, para mantener su independencia frente al poder centralista de Madrid. El Congreso de los Estados Unidos estudian seriamente la propuesta y, finalmente, su presidente rechaza el ofrecimiento. El presidente norteamericano y general Ulisses S. Grant, quizás mal calculador político, pero con gran instinto militar, sabía que meterse en asuntos españoles supondría una guerra interminable y no quiso tener problemas con España, con lo que se rechazó su ingreso a formar parte de los Estados Unidos.  Pero eso no quiere decir que la oferta no se estudiara. Se valoró mucho esa opción de incorporar el Estado Independiente de Cartagena a los EE.UU.  ya que a los propios Estados Unidos de América, entonces potencia emergente, no les parecía mala idea para sus intereses imperialistas tener en la base naval de Cartagena una importante plaza estratégica en el Mediterráneo. La propuesta era tentadora y su rechazo fue un golpe bajo a la autoestima de los cantonales. A "Toñete" se le subío a la cabeza el presunto éxito sobre las fuerzas gubernamentales y organiza una marcha para tomar Madrid, llegando victorioso hasta Chinchilla (Albacete), donde las tropas del Cantón Independiente de Cartagena son derrotadas y tienen que regresar a la propia Cartagena. 


Mientras tanto, en el resto del España las cosas tampoco andan demasiado bien. Granada y Jaén se declaran la guerra por diferencias en sus "fronteras nacionales".  Utrera se independiza de Sevilla, que no sólo no reconoce esa ruptura unilateral, sino que le declara la guerra. Una guerra que, sorprendentemente, ganó Utrera, tras la muerte en combate de unos 400 milicianos de ambos bandos. Coria, capital episcopal famosa por su tonto - ¿quién no ha oído hablar del "tonto de Coria"? -, quiere independizarse, pero no de Madrid, de donde ya era independiente de hecho, sino esta vez de Badajoz. En la zona gallega, Betanzos se declara independiente de La Coruña. Jerez proyecta su propio cantón independiente , pero finalmente prefiere rendirse a Madrid antes que someterse a la República Independiente de Cádiz.



Con tantos frentes abiertos en tantos lugares de la geografía española, el presidente Salmerón envía al general Martínez Campos y sus tropas a Levante y Andalucía. Los cantones, desorganizados y en estado de guerra entre sí, van cayendo uno tras otro y la llamada “Revolución Cantonal” queda sofocada en menos de dos meses, excepto Cartagena que necesitará 6 meses para volver a someterla; pero el propio presidente Salmerón acabaría dimitiendo al no querer firmar varias sentencias de muerte decididas en los numerosos consejos de guerra que hubieron que celebrarse a causa de tantas matanzas entre los propios españoles,y deserciones de los mismos soldados. 

El sucesor de Salmerón fue el andaluz Emilio Castelar, al que las cortes le concedieron poderes extraordinarios para que pudiera controlar la situación, que se encontró con una guerra civil más pujante que nunca en Cataluña y en las Vascongadas, aparte de separatismos, también con el telón de fondo de los tradicionalistas carlistas, que consideraban que el aspirante legítimo a la corona española debían de ser los descendientes de Carlos IV, al haber violado Fernando VII (padre de Isabel II), la ley Sálica de Felipe V, el primer rey Borbón español, que prohibia el acceso al trono español a las mujeres, y que en aquellos momentos representaba la figura del pretendiente carlista Carlos VII ( Carlos María de Borbón y Austria-Este, primo de la reina Isabel II) . Decidido a proceder con energía, el nuevo presidente Castelar restableció la pena de muerte, reorganizó la artillería y resolvió con fortuna el grave incidente del Virginius indemnizando a EE.UU con una fuerte suma de dinero, ya que no hacerlo hubiera podido costar a España una guerra con los Estados Unidos, cuando todavía seguía caliente el affaire de petición de la República Independiente de Cartagena de formar parte de los propios EE.UU. de América.. Según el propio Emilio Castelar: “Hubo días de aquel verano en que creíamos completamente disuelta nuestra España. La idea de la legalidad se había perdido en tales términos que un empleado cualquiera de guerra asumía todos los poderes y lo notificaba a las Cortes, y los encargados de dar y cumplir las leyes desacatábanlas sublevándose o tañendo arrebato contra la legalidad. No se trataba allí, como en otras ocasiones, de sustituir un Ministerio existente ni una forma de Gobierno a la forma admitida; tratábase de dividir en mil porciones nuestra patria, semejantes a las que siguieron a la caída del califato de Córdoba. De provincias llegaban las ideas más extrañas y los principios más descabellados. Unos decían que iban a resucitar la antigua corona de Aragón, como si las fórmulas del Derecho moderno fueran conjuros de la Edad Media. Otros decían que iban a constituir una Galicia independiente bajo el protectorado de Inglaterra. Jaén se apercibía a una guerra con Granada. Salamanca temblaba por la clausura de su gloriosa universidad y el eclipse de su predominio científico [...] La sublevación vino contra el más federal de todos los Ministerios posibles, y en el momento mismo en que la Asamblea trazaba un proyecto de Constitución, cuyos mayores defectos provenían de la falta de tiempo en la Comisión y de la sobra de impaciencia en el Gobierno”


El 2 de enero de 1874 reanudaron sus sesiones las Cortes Españolas, y el presidente Castelar fue durante descalificado por los anteriores presidentes Salmerón y Pi i Margall, viéndose obligado a dimitir después de una sesión borrascosa, que aún duraba a las cinco de la mañana. Entonces fue elegido Palanca, jefe del poder ejecutivo, pero Pavía, a la sazón capitán general de Madrid, se presentó en el palacio del Congreso y disolvió la Asamblea Constituyente. Reunidos los partidos nombraron un Gobierno de conciliación, que nuevamente presidió el general Serrano, si bien después se separó el cargo de presidente del poder ejecutivo del de presidente del Consejo, quedando en el primero Serrano y confiándose el segundo a Zabala. El nuevo Gobierno suspendió las garantías constitucionales, disolvió las Cortes y reprimió severamente los alzamientos cantonales. Ante el progreso de los carlistas en el Norte, el propio Serrano se encargó del mando de aquel ejército, librándose entonces el empeñadísimo combate de Somorrostro (26, 27 y 28 de marzo de 1874), uno de los más sangrientos de aquella guerra. Resultaron muertos los caudillos carlistas Ollo y Radica, y el resultado quedó indeciso. El 2 de mayo levantó Concha el sitio de Bilbao y al intentar entrar en Estella (27 de junio de 1874) fue muerto por una bala enemiga en Abarzuza. A Concha sucedió Zabala, que simultaneó este cargo con el de presidente del Gobierno, transcurriendo casi todo el año en las operaciones militares contra los carlistas. Mientras tanto en la capital de España Cánovas del Castillo y Martínez Campos trabajaban incesantemente para restaurar al príncipe de Asturias don Alfonso, en quien abdicara su madre la reina Isabel. En la noche del 28 de diciembre de 1874 salió Martínez Campos de Madrid y al día siguiente proclamó a Alfonso XII en Sagunto, adhiriéndose al movimiento los capitanes generales del centro y de Madrid, que eran Jovellar y Primo de Rivera, en un intento de tratar de acabar con la anarquía política existente, interpretando el anhelo de una gran mayoría de españoles deseosos de orden y paz, restaurándose de nuevo de la monarquía borbónica en España en la persona del príncipe de Asturias, Alfonso XII, hijo de Isabel II. 



Estos importantes episodios de nuestra Historia, no muy divulgados ni siquiera enseñados en las escuelas de nuestro país, dan que pensar y reflexionar sobre que los problemas que nos preocupan hoy son muy similares a los que arrastraron a nuestros antepasados a separatismos, cizañas y matanzas entre sí,  en un marco social en el que, al igual que hoy en día, en aquellos años también había:

 1.- Crisis económica.
 2.- Niveles de paro insoportables.
 3.- Población al límite de su resistencia política, económica y moral. 
 4.- Falta de voluntad política para afrontar reformas estructurales. 
 5.- Incompetencia de los políticos para manejar la situación.

Y a este problema que en aquellos años no existía, hay que añadir hoy en día la existencia de una importante población inmigrante, para la que el sentimiento del patriotismo no existe, pero que puede sacar provecho de un país dividido y enfrentado. 

Y de esto hace ya  unos 140 años. ¿Volveremos a caer en los mismos errores de una segunda “Revolución Cantonista”. ¿Tendremos una nueva guerra civil?. ¿Se desmembrará España, cuando ya hace 140 años que ya estuvo a punto de hacerlo, lo mismo que hace más de 70 años durante la II República Española?. Ante una España camino a la desintegración, ¿tendrá que abdicar el Rey Juan Carlos II, o su sucesor Felipe VI?. ¿Se proclamará una nueva III República Española?. ¿Será Cataluña la primera república independiente?.

Es evidente que quienes no han aprendido de la Historia, están condenadas a repetirla. El tiempo lo dirá.





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