domingo, 12 de mayo de 2013

EL GENERAL MARIANO ÁLVAREZ DE CASTRO, HÉROE Y DEFENSOR DE LA INMORTAL CIUDAD DE GERONA






El General español Don Mariano Álvarez de Castro fue uno de los héroes de la guerra de la Independencia, que nació en Burgo de Osma ( Soria), en 1749 y murió en Figueras en 1810. Algunos de sus biógrafos sostienen que nació en Granada.
 
 Descendía de ilustre familia castellana, contando entre sus antepasados a la célebre heroína de Toro. Siendo muy joven ingresó en el ejército, sirviendo como oficial en las guardias españolas, durante el sitio de Gibraltar en 1787. Fue gobernador político militar de la villa de Alegrete, y en 1780 le nombraron profesor de cadetes; al declararse la guerra con Francia en 1794, tomó parte en la campaña del Rosellón, distinguiéndose en cuantas acciones estuvo y ganando sus empleos por méritos de guerra.



En 1808 era brigadier gobernador militar del castillo de Montjuich de Barcelona y se negó terminantemente a que la guarnición española fuese revelada por tropas francesas, como ya lo habían hecho en la ciudadela, hasta que tuvo que consentirlo al recibir una orden ineludible del capitán general, no sin protestar de ella con energía y descubrir cuáles eran las verdaderas intenciones de los falsos aliados franceses de España, que no era otro que hacer que el Imperio Español terminara siendo un vasallo del nuevo Imperio Francés.

 
Al comenzar la guerra de la Independencia se le confió el mando de la vanguardia del ejército de operaciones, pero por muchos que fueran los méritos que contrajo durante su carrera militar, todos ellos quedan eclipsados ante el comportamiento que observó durante el segundo sitio de Gerona, de la cual era gobernador por nombramiento del legítimo gobierno español. Un ataque casi por sorpresa y un sitio serio habían fracasado, costando a los franceses mucha sangre, y a principios de mayo de 1809 comenzaron a posesionarse de los pueblos inmediatos a Gerona. Álvarez de Castro, previendo el asedio trató de aprestarse a la defensa, reuniendo municiones y víveres y reparando en lo posible las murallas, pues aunque la ciudad figuraba como plaza de guerra de primera clase, sus fortalezas halladas en un estado muy deplorable y con especialidad las torres avanzadas y el castillo de Montjuich.
 
Ya había llegado a los alrededores de Gerona el general Guillaume Philibert Duhesme, justo al empezar la invasión napoleónica en 1808.  Llegó en efecto, y atacó, pero no pudo tomar ni arrasar cosa alguna, como no fuese su propia soberbia, que quedó por tierra ante esos muros. Tenía 9.000 hombres, y  dentro de Gerona los militares y milicianos apenas pasaban de 2.000, con los paisanos que se habían armado a toda prisa. Duhesme puso cerco a la plaza, y abiertas trincheras entre Monjuich y los fuertes del Este y Mercadal, empezando a bombardear Gerona sin piedad. Los franceses intentaron asaltar el fuerte de Monjuich, pero lo tuvieron muy complicado, puesto que el regimiento gerundense de Ultonia lo defendía. Y por si fuera poco, no solo los paisanos gerundenses, implicándose también los frailes del clero, sino que incluso las mujeres formaron milicia de defensa, como se iba viendo con el caso de  doña Lucía Fitz-Gerard, coronela del famoso batallón de Santa Bárbara, que cuando los chavales las veían a las mozas ir a luchar, les entraron las ganas de seguirlas e ir junto a ellas a matar a los franceses invasores. 
 
Fracasado el intento del general francés Guillaume Philibert Duhesme de apoderarse de Gerona, tras un primer sitio a la ciudad, que fue auxiliada por voluntarios de poblaciones cercanas como los líderes guerrilleros Juan Clarós, Milans i Baget,  hizo su presencia en el mes de junio de 1809 el general Laurent de Gouvion-Saint-Cyr , al frente de un ejército francés mucho más numeroso de al principio unos 18.000 hombres (que luego se incrementaría en 30.000 hombres), rodeó y acampó ante los muros de Gerona; e inmediatamente el General Álvarez de Castro hizo publicar este lacónico bando por todas las esquinas de la ciudad: “Será pasado por las armas el que profiera la voz de capitular o rendirse”.
 
Los defensores de Gerona en aquellos momentos consistían en 3225 infantes con 300 artilleros y zapadores, 1720 migueletes de Gerona y Vich, 370 marineros de la costa vecina y 50 caballos del nuevo escuadrón de San Narciso, con lo cual todas las fuerzas con que contaban los españoles de Gerona eran, en conjunto, 5615 hombres, que sí bien la ciudad contando con la guarnición y la población, incluyendo a mujeres y niños, llegaba a unos 7000 habitantes, no llegaba ni siquiera de mucho a la mitad de las tropas sitiadoras del general francés Verdier que tomó el relevo al general Duhesme, por un breve período de tiempo, tras sufrir varias incursiones de los guerrilleros de la zona, que al principio ascendían a 18.000 hombres por los numerosos refuerzos recibidos, pero que al personarse el general Saint-Cyr para hacerse cargo en persona de la situación, las tropas francesas llegarían a elevarse a unos 30.000 hombres. 


 

Si Zaragoza defendida por el general Palafox, que tenía dentro de murallas cincuenta mil hombres, había caído al fin en poder del invasor francés, ¿qué va a hacer Gerona con cinco mil seiscientos?. Ese era el dilema del general  Álvarez de Castro, ¿qué estrategia seguir?. La comparación de la ciudad catalana con la aragonesa era de extremo heroísmo. Si bien la Inmortal ciudad recibió cuatro mil soldados españoles  de Conde, que desde el exterior lograban penetrar la ciudad y acudir a su auxilio, pronto se dieron cuenta de que los mismos militares españoles de refuerzo que venían a auxiliar, consumían los escasos víveres de la misma ciudad. Era el drama de las ciudades sitiadas: los sitiados si son pocos los vence la superioridad del enemigo, pero si vienen muchos a auxiliar, les acaba venciendo el hambre ya que son más bocas a alimentar. Toda una contradicción.

 

 El 13 de junio, antes de romper el fuego los sitiadores, se presentó un parlamentario intimando la rendición. Álvarez de Castro respondió que no queriendo tratos con los enemigos de su patria, recibiría a cañonazos a cuantos parlamentarios se les enviara. Continuaron los franceses el constante bombardeo con las baterías de cañones dispersas en varios lugares de fuera de la muralla, y en corto espacio de tiempo dieron repetidos asaltos en las brechas abiertas por los cañonazos que fueron rechazados. Todos participaban en la defensa de Gerona, sean soldados, milicias, e incluidos todos los vecinos de todas las edades y condiciones, y hasta el mismo clero, los cuales predicaban de aquella guerra como una cruzada, mientras las mujeres se organizaron para llevar municiones y víveres a los defensores así como atender a los heridos, y los niños ayudaban por su parte a la fabricación de cartuchos y otros menesteres.

 
Participaban en la defensa de Gerona, incluido el clero, que por cierto, bastante numeroso: los frailes y las monjas tuvieron que dejar de lado los rezos cristianos. Las monjas abrían de par en par las puertas de sus conventos, rompiendo a un tiempo rejas y votos, y disponían para recoger a los heridos en sus virginales celdas, que hasta entonces jamás habían sido pisadas por varón alguno, y algunas salían en falanges a la calle, presentándose al gobernador Don Mariano para ofrecerle sus servicios, una vez que el interés de la defensa nacional había alterado pasajeramente los rigores de las instituciones clericales.

Dibujo de la segunda mitad del siglo XVIII, en el que se puede apreciar y ver
la forma amurallada que tenía la ciudad de Gerona.


Se decía que dentro de las iglesias gerundenses ardían mil velas delante de mil santos; pero no había oficios de ninguna clase, porque los sacerdotes, lo mismo que los sacristanes, estaban en la muralla colaborando en la defensa. La misma catedral de Gerona se convirtió en un grandísimo hospital improvisado. Toda la vida de Gerona, en suma, desde lo religioso hasta lo doméstico, estaba alterada, y la ciudad no era la ciudad de otros días. Ninguna cocina humeaba, ningún molino molía, ningún taller funcionaba, y la interrupción de lo ordinario en aquella nueva situación de guerra era completa en toda la línea social, desde lo más alto a lo más bajo, participando todos: nobleza, clero, pueblo llano, etc..

 


Álvarez de Castro, hombre de baja estatura, enjuto de carnes, de aspecto demacrado y sexagenario, parecía imposible pudiese poseer tanta energía y el vigor necesario para resistir el sinnúmero de fatigas y privaciones que soportaba día tras día; se le veía siempre en todas partes donde había peligro, en las brechas durante los asaltos y en el recinto a todas horas, en todas las calles. Para que bajo ningún concepto la plaza de Gerona se rindiera, hizo que llegara a conocimiento de todos los gerundenses el siguiente bando: «Las tropas que están detrás tienen orden de hacer fuego contra las que están delante, si estas retroceden un solo paso» . Ante el cerco de los franceses, ya no era posible pensar en socorros, como no vinieran por los aires. Los gerundenses ya no tenían el triste recurso de buscar por sí mismos la muerte en las murallas, porque ellos no se cuidaban de asaltarlas sino defenderla de los ataques, y era prohibido cruzarse de brazos y dejarse morir sin luchar, mirando la efigie impasible del gobernador don Mariano Álvarez, cuyos ojos vivos no paraban nunca observando aquí y allí las caras de los resistentes gerundenses, por ver si alguna tenía trazas de desaliento o cobardía. Los gerundenses estaban moralmente aprisionados entre las garras de acero del carácter del gobernador Álvarez, y no les era dado exhalar en su presencia ni una queja ni una súplica, ni hacer movimiento que le disgustara, ni dar a entender que amaban la libertad, la vida, la salud, y de ahí los deseos de rendirse, que se los impedía el terrible gobernador Álvarez. En suma, los gerundenses le tenían más miedo al propio Álvarez de Castro, que a todos los ejércitos franceses juntos. Y ante los extremos del hambre, que se trataba de buscar cualquier trozo de pan, cualquier cosa para comer aunque fuera una raquítica rata, los mismos gerundenses se sentían estorbos entre sí, que si no se devoraban entre sí (salvo devorar los cadáveres de los caídos), era gracias a la disciplina de hierro del inquebrantable general Álvarez de Castro, que incluso parecía inhumano al negarse a rendir la plaza mientras tuviera un hálito de vida. Cada día que pasaba, todos tenían claro de que Gerona no se iba a rendir, y que antes de capitular se pasaría por la muerte. Mientras los defensores de Gerona  disminuían, aumentaban los atacantes franceses, pues el general francés Saint-Cyr en poco tiempo reunió un ejército de más de 30.000 hombres.  Para contener los trabajos de aproximación la guarnición hacía frecuentes salidas. A un jefe encargado de mandar una de ellas  le preguntó al general Álvarez de Castro: ¿dónde haremos, en caso necesario, la retirada?, y su general le respondió, volviéndole la espalda: “hacia el cementerio, y que le conste que el suyo es un comentario cobarde”.

 

Era el castillo de Montjuich, la principal defensa externa de Gerona, y de ella lograron apoderarse los invasores franceses el día 12 de agosto de 1809, cuando de la guarnición de unos 900 hombres sólo quedaba en pie una tercera parte. A otro menos animoso que Álvarez de Castro, aquella pérdida le hubiera decidido a capitular, pero en vez de hacerlo el inquebrantable gobernador construyó barricadas y trincheras en el interior de la población gerundense. En el asalto dado en 19 de septiembre al baluarte de Santa Lucía, pisaban ya los franceses el parapeto, cuando la presencia de Álvarez de Castro infundió nuevos ánimos a sus defensores, que rechazaron a los asaltantes; verdad es que el general la emprendió a golpes con los que huían, a la vez que decía a gritos a todos aquellos pobres angustiados: “Las tropas que están detrás tienen orden de hacer fuego contra las que están delante si éstas retroceden un solo paso”. Táctica que emprenden los generales a la desesperada que tienen prohibido el rendirse, como luego se vería en posteriores guerras, como ocurrió en la batalla del Ebro durante la pasada guerra civil española, o en el sitio de Stalingrado ( Rusia) entre el ejército rojo comunista, durante la Segunda Guerra Mundial, por citar un par de ejemplos. O sea que el precedente ya se había dado.



Llegó el mes de octubre de 1809 y ya se acabó todo tipo de víveres dentro de la sitiada Gerona: se acabó la harina, la carne, las legumbres, el azúcar, la fruta. Ya no quedaba sino algunos sacos de grano de trigo averiado, que no se podían moler. ¿Por qué no se podía moler? Porque ya se habían comido las caballerías que movían los molinos. Se pusieron a algunos hombres a moler; pero los hombres extenuados de hambre, se caían al suelo. Entonces era preciso comer el grano de trigo como lo comen las bestias, crudo y entero. Algunos lo machacaban entre dos piedras, y hacían una especie tortas, que cocían en el rescoldo de los incendios, y con eso intentaban paliar el hambre. Aún quedaban algunos asnos; pero se acabó el forraje, y entonces los animalitos se juntaban de dos en dos y ellos mismos se mantenían comiéndose mutuamente sus crines. Fue preciso matarlos antes que enflaquecieran más; al fin la carne de asno, que es tenida como la más desabrida de las carnes, se acabó también. Desaparecieron todos cuantos perros, gatos, gallinas, cerdos o conejos hubieren en las casas particulares, e incluso algunos vecinos se mataban entre sí, sólo por disputarse comer alguna rata que habían encontrado. Muchos vecinos de Gerona habían sembrado hortalizas en los patios de las casas, en tiestos y aun en las calles; pero por desgracia las hortalizas ni siquera nacieron. En aquella situación dantesca, todo moría, humanidad y naturaleza, todo era esterilidad e impotencia dentro de Gerona, y entonces en aquellos extremos más propios de un verdadero infierno empezó una guerra espantosa entre los diversos órdenes de la vida, destruyéndose de mayor a menor. Era una guerra a muerte en la animalidad hambrienta, del más fuerte al más débil, en los que se cazan y engullen ellos mismos, como el mito de Saturno devorando a su propio hijo. Sólo la férrea e inquebrantable disciplina del gobernador don Mariano Álvarez, evitaba que se llegará a la autodestrucción en aquellas condiciones desesperadamente extremas, decidiendo lo que según convenga en cada circunstancias, ya que se hizo famosa la persistente decisión y famosa expresión del mismo general de "según convenga" de hacer cualquier cosa, menos rendirse. La catedral de Gerona, por ejemplo, convertido en hospital improvisado, ya no podía contener más enfermos y tanto la plaza de al lado, como la larga escalinata se fue convirtiendo en hospital al descubierto. Allí con frecuencia se veía aparecer en lo alto de la gradería al gobernador Don Mariano Álvarez, que daba algunas disposiciones para el socorro de los heridos. Parecía que su semblante era en toda Gerona el único que no tenía huellas de abatimiento ni tristeza, y conservándose tal como en el primer día del sitio, exclamaba: «Cuando la ciudad principie a desfallecer, se hará lo que "convenga», es decir, cualquier cosa, menos rendirse. Tal era el temerario y suicida temple y espíritu del gobernador, que a pesar de la extremada desesperación, en algo contagiaba y mantenía en vivo el espíritu de patriotismo y defensa entre los gerundenses. Y luego yendo por las murallas y demás puestos de defensa, no cesaba de repetir nuevamente el gobernador: «Sepan los que ocupan los primeros puestos, que los que están detrás tienen orden de hacer fuego sobre todo el que retroceda». Resistir a cualquier precio y mantener la posición era la norma, aunque costara la muerte.

 



Destituido el general Saint Cyr, al pedir nuevos refuerzos, fue reemplazado por el mariscal Augereau, uno de los mejores pero más crueles y sanguinarios generales del emperador Napoleón Bonaparte, quien estrechó el bloqueo de modo que ya nadie podía entrar en la plaza para ayudar a los sitiados, ni siquiera los veteranos militares españoles del popular “Regimento de Saboya” que se cuidaban de romper los cercos franceses para llevar viveres y municiones desde el exterior rompiendo las líneas enemigas para llegar hasta a los defensores de Gerona, no quedándoles otro remedio que quedarse en Gerona con la misma suerte que sus defensores, con lo cual los defensores de Gerona empezaron a verse diezmados por las enfermedades derivadas de la monstruosa epidemia de cadáveres, y luego por el hambre mismo al agotar las escasas provisiones.

Llegó el día en que cadáveres no había tiempo de enterrar, y por todas partes habían inmundicias y enfermos junto a heridos, para los que no se encontraban medicamentos, ni comida, aunque quedaba el recurso del agua del río Oñar, igual contaminado por los innumerables cadáveres. Y ya no había ni planta ni animal alguno que ponerse a la boca, salvo la carne de los cadáveres, y beberse la misma sangre de los cadáveres, pues ni la del Oñar, ni la de los pozos estaba limpia con la peste derivada de tantos cadáveres por la ciudad. A pesar de esta situación infernal, Álvarez de Castro ordenaba aún la resistencia a todo trance. Aunque se carecía de raciones y los hospitales estaban llenos de heridos y enfermos, rechazó con energía las preposiciones que para capitular le hicieron. En todas las esquinas de la destrozada ciudad seguía pegado y visible el bando del gobernador que nadie (salvo las propias bombas que caían) se atrevía a arrancar: «Será pasada inmediatamente por las armas cualquier persona a quien se oiga la palabra capitulación u otra equivalente».

 


Ante tan heroica defensa, las noticias volaron como un reguero de pólvora, y Cataluña entera se conmovió, y reunidos los notables catalanes en un Congreso de Manresa, el 26 de noviembre de 1809, que acordaron declarar “borrado para siempre del catálogo de los verdaderos catalanes al que prefiriese sus comodidades a la libertad de Gerona y a la salvación de la patria”.

 


Pero mientras tanto, enterado el Mariscal Augereau,  temió  de que toda la España ocupada por las tropas napoleónicas se alzase en armas contra él, y emprendió nuevos ataques, secundados por su numerosa artillería, y Gerona al final se quedó sin verdaderas defensas, de tan destruida que la dejaron. Álvarez de Castro, por el esfuerzo sobrehumano cayó gravemente enfermo, hasta tan punto que agotadas sus fuerzas físicas y víctima de una fiebre nerviosa, en aquellos momentos se encontraba dentro su propia residencia del gobernador, la cual, casi por completo arruinada, apenas conservaba en pie los aposentos donde el heroico paciente residía, y allí entre las ruinas, metiéndose por los claros de las paredes destruidas, alborotaron largo rato pidiendo a Su Excelencia que saliese de nuevo a gobernar la plaza. Dicen que Álvarez en su delirio yaciendo en su cama oyó los populares gritos, e incorporándose dispuso que se resistiera a todo trance. Enfermos o heridos los gerundenses que aún estaban moribundos, con casi diez mil cadáveres esparcidos por todas las calles, alimentándose los supervivientes de los propios cadáveres putrefactos (hervían los pedazos de cadáveres en ollas, con la abundante madera de las ruinas para evitar las infecciones y epidemias, y de la carne hervida se alimentaban para resistir), estaban pendientes de la decisión del gobernador, delirando por la fiebre y que se sostenía como podía, pero cómo estaba en tan lamentable estado, casi moribundo, sentía imposible seguir con su misión, que al final decidió entregar el mando de la plaza al general Julián Bolívar. Sólo hirviendo el agua del río Onyar, y calentar con brasas de madera de las casa destruidas los pedazos de cadáveres se podían alimentar de forma tan horrible lo que quedaban de gerundenses sobrevivientes.Aquello que quedaba era un verdadero infierno. 




El brigadier Bolívar al frente de una Gerona casi moribunda, enterado por mensajes que le habían hecho llegar el congreso catalán de que la ayuda y el socorro exterior tardaría aún unos días en llegar, en vez de seguir con la táctica numantina tal como era el deseo de su casi moribundo antecesor, decidió pactar con el mariscal francés Augereau una capitulación honrosa que se firmó el 10 de diciembre de 1809, según la cual la guarnición de Gerona saldría con todos los honores de guerra y seria internada como prisionera en Francia; se respetarían las vidas y haciendas, así como la religión católica, se permitiría la salida con su propiedad a los vecinos y forasteros, se dejaría en libertad a los empleados en el ramo de Guerra y se consentiría el depósito en el archivo del Ayuntamiento de todos los documentos oficiales. Pero desgraciadamente todo aquello que se pactó no se cumplió, en un intento de los franceses de humillar a tan terribles enemigos que tanta resistencia les habían puesto y tantas bajas y sufrimientos les había causado, lo cual serviría al resto de los españoles que ante el enemigo frances, era preferible la muerte antes que rendirse. 



El sitio había durado desde el 13 de junio al 10 de diciembre de 1809. A la mañana siguiente (11 de diciembre) entraron los franceses por la ciudad de Gerona y contemplaron asombrados el desfile de aquel pelotón de harapientos y lisiados que habían tenido en jaque a las fuerzas de Napoleón durante siete meses, duración mayor que la guerra napoleónica contra Austria, para comparar. 



Entre forasteros españoles, guarnición y los propios ciudadanos de Gerona fueran civiles, militares o milicias, por parte de la Inmortal Ciudad habían perecido de 9000 a 10.000 personas, entre ellas unas 4000 habitantes de la misma; pero las pérdidas de los franceses excedieron de 20.000 hombres (algunos historiadores lo cifran en unas 40.000 bajas francesas). Cuatro años después, cuando los franceses tuvieron que salir de España, el emperador Napoleón Bonaparte, con la idea de una nueva futura invasión francesa en la posteridad, dio orden destruir todas las fortificaciones, dejar derruidas lo que quedaba de la muralla, y demás defensas de las que disponía Gerona, que no se pudieron volver a reconstruir, con lo cual dejó de ser una plaza fuerte, capaz de detener una invasión extranjera.

 


La resistencia y el heroísmo de la Inmortal Ciudad, sirvieron para revivar la moral de los españoles frente al invasor francés, gracias al ejemplo de valor y resistencia, ya afirmada en el ideal del momento de expulsar a los franceses y recuperar la independencia de España así como el regreso del Rey Fernando VII, el Deseado.




Lejos de respetar las bases de la capitulación, el Mariscal francés Pierre Françoise Augereau, cuya fama en saqueos y crueldades  le había precedido, especialmente en la campaña napoleónica de Italia, trató a Álvarez de Castro con una desconsideración que le ha hecho muy poco honor; parecía que no podían perdonar al invicto caudillo militar gerundense su tenaz resistencia, así como las cuantiosas perdidas que sufrían los convoyes franceses con los ataques sorpresa de los guerrilleros del exterior. Sin respetar la extrema gravedad de su estado de salud, en la noche del 21 de diciembre de 1809 le sacaron de Gerona, junto con algunos de sus otros oficiales presos, llevándole a la prisión de Figueras en un coche custodiado por gendarmes franceses, negándole incluso los alimentos que su grave estado requería, y como varios oficiales franceses censuraban en tono de completo insulto su heroico proceder, el enfermo general con toda dignidad les respondió: “Si ustedes son hombres de honor, hubieran hecho lo mismo que yo en mi lugar”.




A las pocas horas de llegar a Figueras fue sacado del castillo junto con algunos de los otros oficiales defensores de Gerona y llevado a Perpignan (sur de Francia), encerrándole en un calabozo del Castellet, tan inmundo y rodeado de insalubre humedad y donde apenas en el mediodía se asomaba un rayo de sol y que los prisioneros gerundenses ni siquera podían verse las caras, que Álvarez de Castro, lleno de indignación, dijo: ¿Es este sitio propio para vivienda de un general?, ¿y son ustedes los que se precian de guerreros?, y del Castellet fue llevado de nuevo a Figueras a la espera de celebrar juicio contra él por “alta traición a Su Majestad, el rey José I Bonaparte” (conocido por “Pepe Botella”, y hermano del emperador de Francia Napoleón Bonaparte), donde a los pocos días fue hallado muerto en el castillo de San Fernando ( Figueras), se dice que envenenado, falto de sueño o estrangulado; nada puede afirmarse en concreto: el hecho es que su cadáver apareció con el semblante amoratado; uno de sus biógrafos, su contemporáneo don Miguel de Haro, cree que Álvarez de Castro murió violentamente, aunque sus días de cárcel lo compartierón también con él algunos de los oficiales militares que tuvo bajo sus órdenes en la defensa de Gerona, que fueron testimonios de cruel sufrimiento al que le sometieron los franceses, pero que igualmente fueron asesinados de forma vengativa por los franceses . 
En 1816 el general Castaños (el vencedor de Bailén) hizo poner en el calabozo en donde murió Álvarez de Castro una lápida conmemorativa, que fue arrancada en 1823 por los franceses, y vuelta a poner poco después. Por su parte, varios años después, el ayuntamiento de Gerona dispuso edificar sobre la sepultura donde están los restos del ilustre caudillo una gran escultura dedicada en su honor, que es una magnifica obra del escultor Jerónimo Suñol, y que se encuentra dentro de una de las capillas de la Iglesia de San Félix, muy cercana a la Catedral de Gerona, dentro del casco antiguo. La hermosa mujer que está al lado de la sepultura y a una cierta altura, representa a la Inmortal Ciudad de Gerona, en actitud de compañía ante su ilustre héroe, y que con una mano le ofrece una corona de laurel que simboliza el agradecimiento de la ciudad por los sacrificios de su héroe, y con la otra mano se sostiene sobre lo que es el escudo de armas de Gerona, símbolo de todo el pueblo al que representa. Y encima de la losa funeraria, están lo que se supone el manto de la orden de Santiago, patrón de España (a la que pertenecía el general Álvarez de Castro), junto con el birrete de la propia orden, la faja de su alto rango militar, el bastón y la espada, que también acompañan en la sepultura del ilustre militar.

 Alguna bibliografía del general Álvarez de Castro:

-“Historia del levantamiento y Guerra de la Independencia en España”, del Conde de Toreno.

-“Historia del sitio de Gerona” (Barcelona, 1873), por Víctor Gebhart.

-“El sitio de Gerona” (Barcelona, 1873), de J. Riera y Bertrán.

-“Historia de España”, de Modesto Lafuente.

-“Episodios Nacionales”, de Benito Pérez Galdós.

- “Memorias del Mariscal Augereau” (Paris, 1851)



ILUSTRACIONES COMPLEMENTARIAS DEL ARTÍCULO:

En la llamada “Guerra del francés”, con la larga resistencia de 18 meses contra los ejércitos napoleónicos, los gerundenses vivieron uno de los períodos más desafortunados de su historia. La ciudad perdió la mitad de su población y padeció las graves consecuencias de este desgaste económico y social durante todo el siglo XIX. Fue un momento dramático para unos y heroico para otros, y se ha convertido en el episodio más emblemático y discutido de la ciudad de Gerona

Podemos ver aquí en ese retrato el bando firmado por el general Álvarez de Castro, donde se lee textualmente:

“No quiero trato ni comunicación con los enemigos de mi patria, recibiré en adelante a metrallazos a sus emisarios”









Muestra de militares defensores de Gerona, con su variedad de uniformes:




















Vestimenta y uniforme de los defensores ( expuestos en el museo de historia de la ciudad de Gerona): 








Armas y municiones empleados por los defensores de Gerona:
















Episodios de los sitios de Gerona:
































He aquí la fotografía que se hizo el 5 de noviembre de 1864 con motivo de la celebración de los sitios de Gerona. Son los veteranos que sobrevivieron en la heroica gesta que inmortalizó a Gerona.

Están los siguientes gerundenses combatientes (algunos con sus edades indicadas):

- Don José Vidal, de 84 años.
- Don Lorenzo Norat, de 88 años.
- Don Narciso Simón, de 81 años.
- Don Francisco Comalada, de 85 años.
- Don Jaime Altafulla, de 84 años.
- Don Juan Moner, de 78 años.
- Don Lorenzo Seisdedos.
- Don Manuel Vila.
- Don Juan Petit, de 79 años.
- Don Francisco Bassols, de 83 años.
- Don José Barrau.
- Don José Casallá, de 84 años.
- Don Sisleno Tornabells, de 74 años
- Dob Esteban Talfabert. 











La primera tumba provisional del General Álvarez de Castro:












ANEXO DE OTRAS IMÁGENES HISTÓRICAS MÁS PRÓXIMAS Y PREVIAS AL EPISODIO DE LOS SITIOS DE GERONA :


CUADRO DE GERONA PINTADO A FINALES DEL SIGLO XVIII
CUADRO DE GERONA PINTADO A FINALES DEL SIGLO XVIII
EL OBISPO DE GERONA TOMÁS DE LORENZANA,
HERMANO DEL CARDENAL PRIMADO DE ESPAÑA
CUADRO DEL ARCHIDUQUE CARLOS DE AUSTRIA
PRETENDIENTE A LA CORONA ESPAÑOLA,
ENCONTRADO EN VIC


CUADRO DE FELIPE V DE BORBÓN,
ENCONTRADO EN GERONA
EL OBISPO MIGUEL JUAN TABERNER

SAN NARCISO, PATRÓN DE GERONA

INSTRUMENTOS MUSICALES DE GERONA,
FINALES DEL SIGLO XVIII

INSTRUMENTO MUSICAL DE GERONA, FINALES DEL SIGLO XVIII
EL OBISPO MIGUEL PONTICH

DIBUJO DE FINALES DEL SIGLO XVIII DE GERONA
QUE REPRESENTA PICAPEDREROS ( CANTEROS )

DIBUJO ESQUEMA REALIZADO POR JUAN CISTERNA, DEL SIGLO
XVI, DONDE SE VEN LAS CANALIZACIONES PARA DISTRIBUIR
EL AGUA POR LA CIUDAD DE GERONA
DIBUJO DE FINALES DEL SIGLO XVIII, DONDE SE VE LA
PLÁCIDA VIDA DE LA ARISTOCRACIA LOCAL GERUNDENSE

DIBUJO DE FINALES DEL SIGLO XVIII, DONDE SE VEN ARISTÓCRATAS
LOCALES GERUNDENSES TOMANDO CHOCOLATE

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( Para acompañar a la entrada de este blog) :

LOS DESASTRES DE LA GUERRA (GRABADOS DE FRANCISCO DE GOYA y LUCIENTES)


Muchas veces cuando se intenta explicar la Historia, se hace desde la perspectiva de cada determinada época, explicándola de distinta manera. No obstante si existe alguien que mejor podría exponer los desastres de la Guerra de la Independencia fue el pintor aragonés Francisco de Goya, conocedor con causa directo de la misma, que aparte de pintar numerosos cuadros que son testimonios de la época en la que vivió, también dejó dibujados muchos grabados de toda temática social y humana aunque tuviera que expresarla con toda su crudeza y patetismo. Algunos de esos grabados hacen referencia a la Guerra de la Independencia y las nefastas consecuencias colaterales que provocó. De alguna forma a través de esos dibujos Goya trató de lanzar el mensaje de la crueldad, el fanatismo, el terror, la injusticia, la miseria, el hambre, la locura, el sufrimiento, el analfabetismo e ignorancia, el abandono, la enfermedad, la represión política, el fervor religioso y hasta la muerte, en un contexto de un pueblo español muy exaltado por el patriotismo y el sentimiento religioso católico, y que tenía que hacer frente a la invasión de una potencia extranjera como era la Francia napoleónica. En casi todos los grabados veréis escritos en la parte de abajo el título que le puso a cada imagen.


 En la entrada de ese blog hacemos referencia a la figura del general Álvarez de Castro y los sitios de Gerona, pero la inclusión de los grabados de Francisco de Goya es para hacer una exposición lo más realista y cercana posible a los vivencias y consecuencias de aquella guerra terrible e inmisericorde como suelen ser todas las guerras . Las imágenes de Goya hablan por sí mismas sobre los sufrimientos en el ser humano que le tocó vivir en aquella época, y del que normalmente sobrepasamos muy a la ligera.  Aqui os dejo los grabados de Goya sobre el tema que nos ocupamos en la entrada de ese blog, aunque cabe decir que existen muchísimos otros grabados y cuadros del genial y apasionado pintor de Fuentedotodos ( Zaragoza ). 






















































































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Y he aquí otros cuadros en color de Francisco de Goya, que igual vienen a reflejar los hechos de la época, así como los protagonistas pertenecientes a la realeza de antes, durante y después de la Guerra de la Independencia Española: 


TRIBUNAL DE LA INQUISICIÓN

EL MINISTRO GODOY, FAVORITO DE LA REINA

RESOLVIENDO SUS DIFERENCIAS A GARROTAZOS


EL REY CARLOS IV

EL PUEBLO MADRILEÑO ATACA A LOS INVASORES FRANCESES

LOS FUSILAMIENTOS DEL 2 DE MAYO DE 1808

LA FAMILIA DE CARLOS IV

EL REY FERNANDO VI, "EL DESEADO"


EN LA GUERRA

EL REY CARLOS III

UNA ROMERÍA