martes, 10 de febrero de 2009

ESCRIBELE A LA GUERRA

Hoy quiero escribir algo sobre la guerra en mi blog. El título me viene de un libro que sé que existe, pero que nunca leí, escrito por un tal Paco Lobatón, que era un presentador de televisión que conducía un programa sobre la búsqueda de gente desaparecida, el programa se llamaba ¿Quién sabe dónde?. Quizás mejor título hubiera sido “Abajo las armas”, que lo fue de un libro que escribió la baronesa Berta von Sutter (no me acuerdo bien el nombre) en la víspera de la Primera Guerra Mundial; de ese libro sí lo leí, pero sólo la mitad, durante mi adolescencia,…lo que ocurrió es que por entonces, a mitad de camino, empezé a encontrar aburrida su lectura. Hoy quizás sería diferente, pero….son tantos los libros que hay por leer,… y tan corta la vida.

Sé que pretendo escribir algo muy superficialmente, sin conocimiento de causa, porque yo soy de los que afortunadamente no ha vivido en carne propia ninguna guerra ni en vivo, ni en directo. Pero se me ocurre comentar algo.


El anterior Papa Juan Pablo II decía: “LA GUERRA DEBE PERTENECER AL TRÁGICO PASADO, A LA HISTORIA, Y NO DEBE DE ENCONTRAR CABIDA EN EL FUTURO DE LA HUMANIDAD”. Buena sugerencia, y buenas intenciones de Su Santidad. Dios tenga acogido en su seno a Karol Wotjtyla, que dentro de lo que pudo luchó por la paz. Lástima que muy pocos siguen su ejemplo.

Sean por las razones que sean, el ser humano siempre se ha encontrado con la necesidad de efectuar guerras contra aquellos que representaban un peligro o un estorbo. Ya lo decían los antiguos romanos: “¡Ay de los vencidos!”. Una guerra no está totalmente ganada del todo, mientras no esté totalmente eliminado del todo el enemigo. Ya aquí mismo en España decían del vencedor de su última contienda civil “genio de la guerra, y gobernante para la paz”: después de una guerra, de consecuencias desastrosas para muchos, viene la ardura lucha por la paz y la reconstrucción, reparar los destrozos y los daños que ha causado la tremenda estupidez de la guerra. Muertos, heridos, mutilados, odios, dolores, rencores, miseria, desolaciones, despojados, exiliados,….es el resultado trágico que conlleva una guerra.

No obstante en el mundo actual siguen habiendo esas vergüenzas de guerras: las que más nos señalan los medios de comunicación, como en Oriente Medio, Irak, o Afganistán, y las que apenas ni nos acordamos, como las muchísimas guerras menores, pero igual de sangrientas y crueles como las suele ser todas, de muchos países africanos, y demás lugares donde es patente la miseria y el analfabetismo, donde se imponen de unas maneras como feudales, los señores del terrorismo y de la guerra. Curiosamente en uno de esos lugares más recientemente tocados por la guerra, en ese territorio que dan nombre de Gaza e Israel, hace 2009 años nació en un pobre pesebre de Belén, un hombre que se representó como el Hijo de Dios, que señaló que su principal enseñanza para los hombres era “amaos los unos a los otros, como yo os he amado”, y como mandamiento “amarás al prójimo como a ti mismo”. Ese hombre que se llamó Jesucristo, simbolizó y sigue simbolizando la religión que cuenta con más seguidores de todo el planeta, y murió crucificado en una cruz para que, como Hijo de Dios, redimir al hombre del pecado, y aún mientras lo crucificaban (el peor castigo de aquellos tiempos, cuando Palestina estaba bajo dominio de la ley romana, que era el castigo de los esclavos que quebrantaban la ley o desobedecían a sus amos: condenado a estar clavado vivo en una cruz y dejar que se pudriera por sí solo, para que los demás lo vieran como un ejemplo de lo que le podía suceder al esclavo que cuestionara el orden romano)…, mientras lo crucificaban, aún llegó a decir “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Desde entonces, aquella tierra, que hoy llaman Palestina o Israel, ha sido testimonio de innumerables guerras, aún llegándose a llamar “tierra santa”, y librándose por los distintos bandos una serie de guerras que las llamaban “santas”. Desde luego, a mi modesto modo de entender, ninguna guerra puede ser llamada santa, y todas son perversas y estúpidas. Cerca de aquella tierra, en un monte bastante alto de los alrededores, llamado Sinaí, un tal Moisés recibió unas tablas de la Divinidad, que contenían 10 sencillos mandamientos, y que era la sencilla Ley que Dios daba a los hombres. Lo que habría que llamar “La Constitución Divina”, la ley de leyes que todo hombre de fe cristiana habría que seguir. Su artículo 5 dice expresamente: “No matarás”, con lo cual con esas sencillas palabras condena y prohíbe toda guerra, siendo un mandato que viene expresamente del mismo Dios. Si tan sencillo es el mandamiento Divino, ¿por qué será que los hombres de uno y otro bando, que se matan los unos a los otros, son los mismos que rezan al mismo Dios, que les ha prohibido tal estúpido y perverso acto al que llamamos guerra?. ¿Cuándo despertaremos y haremos caso a Dios, y al deseo expreso de quien fue Papa Juan Pablo II?. Incluso el almirante supremo japonés Togo, cuando recibió la orden del gobierno de iniciar el ataque a los Estados Unidos, llegó a decir “hemos cometido un tremendo error, un hombre sabio hubiera hecho todo lo posible para impedir la guerra, no viendo en ella una posible solución”. Lo que no podía imaginar el almirante japonés, era las consecuencias que traerían para su país las bombas que hubieron que lanzarse en Hiroshima y Nagasaki. Y a pesar de eso, no parece que todavía hayamos aprendido los hombres.

Se tendría que procurar que los gobernantes se preocupasen más de aplicar más políticas de mantequilla, y menos de cañones. Da vergüenza ver que esos señores poderosos, se reúnen en conferencias internacionales de paz, y después de soltar unos cuantos rollos, esos chiflados vuelven a sus hoteles donde les esperan unos suculentos manjares a costa de los contribuyentes de los países que representan, sin acordarse del hambre, las enfermedades y la desesperación que ha provocado las guerras en cuyas manos está el poder de eliminar. Ni tienen conciencia, ni vergüenza por aquellos que no tienen ni agua, ni comida, ni medicinas, ni un techo, ni siquiera ropa, heridos, solos y desesperados. Pero eso no es sólo tarea de políticos, todos tenemos que trabajar por la paz, por la dignidad, por la justicia y por el perdón; y practicamente no deberíamos descansar hasta que el último niño desfavorecido contara con un mínimo de bienestar y confort. Desaparecida la miseria y el analfabetismo, y haciendo posible el trabajo y la dignidad para todos, a partir de aquí creo que podremos ir por la senda de la paz, y la guerra será ya algo olvidado. No obstante, llegados a ese estadio, empiezan otro tipo de preguntas, de los problemas que pueden traer consigos el bienestar, el confort y la abundancia. Pero eso ya es tema de visión demasiada lejana: es como si sólo viera algo de la superficie del iceberg. Llegados allí, en su momento, ya analizaremos lo que oculta la parte no emergente de las nuevas cuestiones y problemas que inevitablemente conllevará, con las nuevas actitudes que habrá que tomar. Pero quizás no valga la pena ni hablar de ello: para entonces ya habrá una nueva generación que nos precederá, y yo, seguramente, ya estaré a mejor vida. Los premios Nobel de la Paz, seguramente seguirán siendo vigentes, para recompensar y reconocer los méritos de aquellos que de alguna forma hacen que dicha paz sea posible.

Pero ahora por ahora, entre todos, tenemos una misión ineludible por la que luchar: QUE TENGAMOS LAS GUERRAS EN PAZ. Y con eso quiero animaros a los que me hayáis leído en mi blog. Suerte a todos,…..nos conviene.