domingo, 9 de octubre de 2011

EL TERRIBLE MINUSVÁLIDO

EL MINUSVÁLIDO ESPAÑOL MÁS GLORIOSO DE TODOS LOS TIEMPOS: HOMENAJE A DON BLAS DE LEZO, OLVIDADO HÉROE ESPAÑOL


Conocido como “Patapalo” o en su defecto “Patachula”, mote muy popular entre los cojos españoles, o el “medio-hombre”, personificaba la quintaesencia del terrible minusválido español, curtido en docenas de batallas, a lo largo de unos cuarenta años de fecundo servicio militar. Muchas veces hemos olvidado que como pueblo español somos herederos de gloriosos y olvidados hitos históricos, por los hechos y hazañas de verdaderos héroes que dieron su vida al servicio, grandeza y gloria de la patria España. Uno de ellos fue el terrible minusválido Don Blas de Lezo.


Me explico: el General de la Armada española, Don Blas de Lezo y Olavarrieta , hijo de ilustres marinos vascos, y el cuarto de diez hermanos, había nacido en el pueblo de pescadores de Pasajes ( Guipúzcoa ) en 1687 (según fuente española, o en 1989, según fuente inglesa) y muerto en Cartagena de India (costa caribeña de la actual Colombia) en 1741, tras derrotar y humillar a la mayor armada naval de todos los tiempos acontecida hasta la fecha de entonces. Perteneciente a una familia de la pequeña nobleza, tras recibir breve educación en una escuela francesa, empezó su carrera en la marina como grumete-guardamarina a bordo del buque insignia francés del almirante Luis Alejandro de Borbón, conde de Tolosa e hijo del monarca francés, en aquel tiempo en que Luis XIV de Francia y Felipe V de España, abuelo y nieto, llegaron a confundir sus ejércitos de mar y tierra en busca de una fuerte solidaridad y unión entre ambas naciones en el tablero europeo.

Su bautismo de fuego y, para Lezo, de sangre, tuvo lugar en el combate naval de Vélez-Málaga entre la escuadra francesa del almirante Tolosa y una inglesa-holandesa, en 1704, en plena guerra de Sucesión española. En él el joven Lezo, que dio señaladas muestras de una intrepidez y serenidad poco comunes, vio mutilada su pierna izquierda por una bala de cañón, mostrando en este terrible trance tan imperturbable sangre fría soportando su herida no anestesiada puesto que después de ser cortada para evitar la gangrena se ponía lo que le quedaba de la pierna amputada en un recipiente con aceite hirviendo o tocada fuertemente por hierro candente para cerrar las hemorragias con los espantosos dolores que ello provoca y dejando luego su vida o muerte a merced de La Providencia, que admiró al mismo almirante conde de Tolosa, que lo propuso a su padre para el ascenso, a la par que le dirigía un testimonio de lo que con razón para el almirante era un hecho excepcional esa prueba de tan alto valor y resistencia física.


Ya alférez de navío, se encontró en numerosos hechos de armas, todos sin trascendencia alguna, en los cuales confirmó Lezo su valor y capacidad como combatiente y estratega militar, a pesar de ser un joven “patapalo” cojuelo. Como teniente de navío estuvo en el sitio del castillo de Santa Catalina del puerto de Tolón, en donde fue herido por la metralla de las explosiones perdiendo un ojo y quedando tuerto para siempre, y una vez recuperado de sus heridas, mandó varias expediciones navales de socorro que el rey Luis XIV de Francia envió al joven nuevo rey de España (que además era su nieto), ayudando en el sitio contra la ciudad de Barcelona porque la Ciudad Condal había reconocido como nuevo rey de España al archiduque don Carlos de Austria, en contra del testamento expreso del rey Carlos II de Austria de dejar como heredero legítimo de la Corona Española a Felipe V de Borbón, nieto del rey de Francia, a falta de descendencia propia. En una de ellas fue rodeado por fuerzas superiores, y en trance tan apurado supo salir de él, incendiando alguno de los buques mercantes que lo seguían, incendio que le sirvió para romper el círculo que le cercaba.


Tras una breve convalecencia es destinado al puerto de Rochefort, donde lo ascienden a Teniente de Guardacostas en 1707. Allí realizará otra gran gesta rindiendo en 1710 una decena de barcos enemigos, el menor de 20 piezas. Por estas fechas tiene lugar el referido combate con el barco inglés Stanhope mandado por John Combs, que lo triplicaba en fuerzas. Se mantuvo un cañoneo mutuo hasta que las maniobras de Lezo dejaron al barco enemigo a la suficiente distancia para el abordaje y en mala posición para los cañoneos de la nao inglesa, momento en el que ordenó lanzaran los garfios para llevar a cabo el abordaje y la lucha cuerpo a cuerpo: Cuando los ingleses vieron aquello, entraron en pánico, pues los españoles con la experiencia militar de siglos de batallas, eran especialmente fieros y violentos hasta la muerte. Ante un barco pequeño contra otro de grande, el abordaje de los españoles era una temible maniobra ofensiva, que los ingleses temían particularmente: los navíos españoles cañoneaban de cerca, tras lo cual lanzaban garfios y abordaban el navío contrario, buscando el cuerpo a cuerpo, hasta la rendición del enemigo, pues era seña del soldado español: vencer o morir. De este modo, con tripulaciones muy inferiores en número, los navíos españoles lograban apresar otros con mucha mayor dotación y porte. Blas de Lezo se cubrió de gloria en tan fenomenal enfrentamiento, en el que incluso es nuevamente herido, siendo ascendido a Capitán de Fragata.
Se le encuentra en 1713 ya con el empleo de capitán de navío, en el segundo sitio de Barcelona por Felipe V, en donde recibió una herida que le inutilizó uno de los brazos, pasando de “patapalo”y “tuerto” a además de “manco”, es decir, faltándole ya una pierna, un ojo, y un brazo; en el que el 11 de septiembre de 1714, al acercarse con demasiado ímpetu a sus defensas, recibe un balazo de mosquete en el antebrazo derecho, quedando la extremidad sin apenas movilidad hasta el fin de sus días. De esta manera con sólo 25 años tenemos al joven Blas de Lezo tuerto, manco y cojo. Recuperado otra vez de sus heridas, mandó Lezo uno de los navíos que envió Felipe V para someter la isla de Mallorca, que la recuperó sin apenas tener que luchar al no encontrar resistencia por parte de los ingleses.

Formó parte, mandando el navío Lanfranco, de la expedición que se envió en contra de los corsarios que infestaban el mar del Sur (que así se llamaba la costa de Perú, Ecuador y Chile, en el océano Pacífico). Durante catorce años, hasta 1730, estuvo Lezo en aquellos mares, recayendo en él el mando de la escuadra y el generalato del mar del Sur en 1723, en cuyo cargo se dedicó a la persecución de los temidos corsarios y piratas, con los cuales riñó continuos y sangrientos combates, con todo su ejemplo y limitaciones de mutilado minusválido de ambas extremidades. Buscó financiación entre los comerciantes peruanos para construir una nueva escuadra de guardamarinas y tuvo tiempo, incluso, de casarse con una criolla peruana. Al regreso a España fue ascendido, como recompensa a sus servicios, a jefe de escuadra, dándosele la antigüedad en este empleo desde la fecha en que de hecho asumió el mando de la escuadra del mar del Sur.

Poco después fue encargado de acompañar a un infante de España, con la escuadra de su mando, y con la misión de ajustar ciertas diferencias que surgieron entre España y la República de Génova, a cuyo fin se trasladó con sus navíos al puerto genovés y exigió que se le entregaran sin dilación 2.000.000 de pesos que pertenecientes a España, guardaba en depósito el Banco de San Jorge y que, además, se hiciera a la insignia real española un saludo excepcional, amenazando con el bombardeo si sus exigencias no eran satisfechas en breve plazo. Ante la enérgica actitud de Lezo cedió el Senado genovés, haciendo lo que se le pedía.

En 1732, y a bordo del navío Santiago, concurrió a la expedición a Orán como segundo jefe de la escuadra del general Cornejo, compuesta de 54 buques de guerra, más de 500 transportes y unos 30.000 hombres al mando del conde de Montemar. Orán, importante guarida de piratas berberiscos musulmanes que aterrorizaban las rutas del Mediterráneo, fue rendida, quedando como gobernador de la plaza el marqués de Santa Cruz con unos 8.000 hombres ( el 5 de Julio de 1732); pero el bey de Orán Hassan, arrepentido de haber capitulado, reunió numeroso contingente de tropas y puso sitio a la ciudad, cuya guarnición estuvo en grave aprieto. Lezo recibió orden de marchar con seis navíos y unos 5.000 hombres en socorro de los sitiados españoles, logrando ahuyentar a los moros argelinos tras reñida lucha, en la que perecieron el marqués de Santa Cruz y otros bravos capitanes (Noviembre de 1732); persiguió luego a los buques enemigos, especialmente a la capitana de Argel, navío de 60 cañones , el cual se refugió en la ensenada de Mostagán, defendida por dos castillos y unos 4000 moros, lo que no arredró al marino español, que entró tras el navío argelino y despreciando el fuego lanzado desde las fortalezas moras, lo incendió, causando además gran daño con los cañones de sus buques a las guarniciones de los castillos moros. Cruzó luego, durante dos meses, aquellos mares, impidiendo que los argelinos recibieran refuerzos y municiones del sultán de Constantinopla, hasta que una epidemia de calenturas le obligó a regresar a Cádiz.


Se le ascendió al poco tiempo (1734) a teniente general, y después de dos años de destinos en tierra, se le nombró comandante general de los galeones que, con los navíos Fuerte y Conquistador, se enviaron al nuevo virreinato español de Nueva Granada (1737) entrando con su flota en Cartagena de Indias, capital del virreinato, en 11 de Marzo, tomando posesión del mando militar de este apostadero, en cuyo destino se enteró, gracias a los eficaces espías españoles infiltrados en la corte británica, en el almirantazgo inglés, y en la propia isla de Jamaica, de la acumulación secreta de fuerzas que los ingleses hacían en Jamaica con el intento de apoderarse de todas las islas y toda la costa del Caribe, coincidiendo con la declaración de guerra que en 1739 se hizo entre España e Inglaterra, conocida como la “Guerra de la oreja de Jenkins” y que tenía como antecedentes los agravios y desavenencias comerciales consistentes en permisos o licencias de diversa índole entre los buques españoles e ingleses por aquellos mares en los que se disputaban la supremacía comercial, así como los reiterados asaltos de los bucaneros al servicio de uno y otro país en las aguas caribeñas (especialmente por parte de piratas al servicio de Su Graciosa Majestad Británica que asaltaban navíos mercantes españoles). Aunque en el fondo yacía el interés de los comerciantes y la aristocracia inglesa de apoderarse de todas las riquezas y territorios del Impero español. El curioso nombre con el que es conocido este episodio, en la historiografía inglesa, se debe al apresamiento por un buque de vigilancia español de un navío contrabandista inglés, capitaneado por el corsario inglés Robert Jenkins, en 1731. Según el testimonio de Jenkins, que compareció en la Cámara de los Comunes en 1738, como parte de una campaña belicista por parte de la oposición parlamentaria en contra del primer ministro inglés Lord Walpole que estaba en contra de hacer la guerra contra España a la que todavía consideraba una importante potencia que no era prudente desafiar. El caso fue el capitán español, Julio León Fandiño, que apresó la nave, le cortó una oreja a Jenkins al tiempo que le decía (según el testimonio del pirata contrabandista inglés) «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si se atreve a venir aquí». En su comparecencia, Jenkins denunció el caso con su propia oreja dentro de un frasco de cristal en la mano que se la enseñó a todos los parlamentarios ingleses, y Walpole, con la opinión pública ofendida por el hecho en una época que se empezaba a difundir la prensa escrita, se vio obligado a regañadientes a declarar la guerra a España el 23 de octubre de 1739, tal como era deseo de la aristocracia y la alta burguesía inglesa que veían grandes oportunidades de negocio si se apoderaban de las ricas y vastas tierras del Impero Español. Dicha guerra había empezando por la toma de Portobelo por parte del almirante Lord Vernon, pequeño puerto español en Panamá, por parte de los invasores ingleses, y muy festejado en la corte britana.

Mientras tanto, tras desembarcar en Cartagena de Indias como nuevo jefe militar supremo, el almirante Blas de Lezo era consciente de la escasez de fuerzas militares de que disponía y al mismo tiempo tenía la sospecha o certeza de que Cartagena de Indias seria la próxima presa más codiciada de los ingleses por ser considerada “la muralla del Atlántico”, debido a los 11 kilómetros de muralla de sólida piedra y fortificaciones que hizo construir Felipe II un par de siglos atrás, y por tanto puerta de entrada para la conquista del imperio español del Cono Sur, pensamiento que le obligó a mantenerse a la defensiva, disponiendo para ella todos los recursos con que contaba, aprovechando las sólidas defensas de que disponía el principal puerto del virreinato de Nueva Granada.

Si los ingleses se adueñaban de Cartagena de Indias, aquello se convertiría en la fortaleza inexpugnable del Imperio Inglés en América, y el punto de partida para apoderarse del resto del imperio español de ultramar, por lo que era consciente de la gravedad del asunto y de que no podía fallar en la causa de España y su obra misionera en aquellas tierras. Aprovechó también en enviarle este mensaje a Lord Vernon, tras su victoria en tomar Portobelo sin apenas méritos, que contenía el siguiente escrito: «Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía. En aquellos momentos Cartagena de Indias apenas si poseía medios de defensa en cuanto se refiere a municiones, cañones oxidados, y recursos humanos. Lezo instaló sus buques en Bocachica para que los ingleses no pudieran entrar en el puerto sin batirse con ellos; cerró la entrada con cadenas y envió uno de sus más gruesos cañones a tierra, en que la artillería de allí con poco más de 300 piezas en los fuertes y otras tantas 300 y pico en las murallas, estaba casi inútil y anticuada, dejando aparte los cañones más modernos de sus 6 naos propias. Además ideó un sistema de rampas con la que colocar los cañones tras las murallas, de disparar al instante dos balas unidas por unas cadenas, que servían para destrozar los palos de las embarcaciones inglesas a gran distancia, algo insólito hasta el momento, con lo que no contaban los ingleses.


Estas disposiciones contuvieron por bastante tiempo a los ingleses, los que, después de dos tentativas infructuosas, se decidieron al ataque en 15 de Marzo de 1741, en que se presentó ante Cartagena de Indias una gigantesca escuadra anfibia formada por 186 naves y casi unos 27.000 hombres ó 28.000, junto con poco más de 2500 cañones navales y 1350 cañones terrestres, llevados consigo a bordo (quizá una de las mayores flotas de la historia, hasta la flota aliada de Normandía de 1944) entre transportes, brulotes, bombardas, etc., mandados por los almirantes ingleses Sir Vernon, Sir Lestock y Sir Ogle, una flota de tales dimensiones, que sólo superaba en más de 60 buques lo que fue la llamada Armada Invencible que en otra época Felipe II mandó para invadir Inglaterra, pero que se la tragó una inesperada tormenta. Digamos que para comparar aproximadamente por la parte inglesa era de 8 hombres por cada español, y de 3 armas por cada española (aunque por la parte española de peor calidad y condición, siendo las armas inglesas de la mejor tecnología del momento que nos ocupa).

Era recién gobernador de Cartagena de India y virrey de Granada Don Sebastián de Eslava, hombre de fuerte carácter y además reputado militar con gran experiencia, y entre éste y Lezo se organizó la defensa, que poco antes de que Lezo llegara a Cartagena de Indias, Eslava había acertado en tomar ciertas precauciones de reforzar militarmente la plaza, a pesar de los escasos medios, sobretodo cuando acababa de tomarse Portobelo, dentro del virreinato de Nueva Granada, del que hacia poco había tomado posesión como nuevo virrey, y con el encargo expreso del rey de España de defenderlo contra los ingleses. La acción empezó por el cañoneo de los débiles fuertes, los cuales fueron prontamente desmantelados por los fuegos de los buques ingleses a razón de aproximadamente unos 62 o más disparos cada hora por cañón, salvo el de San Luis, que Lezo socorría con la gente de sus barcos; casi simultáneamente se inició el desembarco anfibio inglés, generalizándose poco después el ataque, que duró muchos días, en uno de los cuales tanto Lezo como Eslava fueron heridos cuando estaban conferenciando. Al fin se evacuó el castillo de San Luis, retirándose Lezo con su gente a la plaza, después de haberlo sostenido 17 días de no interrumpida lucha. Dueños los ingleses del puerto, empezaron el bombardeo de la ciudad, bombardeo que duró ocho días, sin desanimar a los defensores españoles.


Se preparaba entretanto la acción decisiva , que empezó en 20 de Abril, atacando a los ingleses con sus fuerzas de desembarco el cerro y castillo de San Lázaro, que se sostuvo sin vacilaciones hasta que, generalizándose la acción e interviniendo en ella Eslava y Lezo con todos los recursos que contaban, alcanzaron memorable victoria, que obligó al precipitado reembarco de las fuerzas inglesas en desordenada fuga, pues no contaron que por las noches anteriores Lezo, con la astucia de 22 batallas en su haber, había hecho cavar fosas a pie de la muralla lo bastante hondas como para que las escaleras de asalto de la infantería británica se quedasen demasiado cortas, de manera que caerían en la trampa y ya tan de cerca no podrían ni atacar ni huir debido al peso del equipo de la sudicha infantería británica, produciéndose una carnicería sin precedentes con disparos de los mosquetes españoles desde la muralla, y luego persiguiéndoles a punta de bayoneta, masacrando a la mayoría de los asaltantes ingleses, y apoderándose de las armas y municiones que dejaron por el campo de batalla, poco después de amanecer, tras una cruenta y feroz batalla nocturna fuera de las murallas. A pesar de los constantes bombardeos y el hundimiento de la pequeña flota española (la mayoría por el propio Lezo, incendiando sus propios barcos para bloquear la bocana del puerto), los defensores se las ingeniaron para impedir desembarcar de nuevo al resto de las tropas inglesas, que se vieron obligadas a permanecer en los barcos durante un mes más sin provisiones suficientes.

El 9 de mayo, con la mitad del resto de la infantería inglesa casi prácticamente debilitada por el hambre, las enfermedades y los combates, Lord Edward Vernon se vio obligado a levantar el asedio. Tras casi 70 días y noches de combates, y efectuado el cambio de prisioneros, salió del puerto a los pocos días la escuadra del almirante Lord Edward Vernon poniendo rumbo a la base inglesa de Jamaica, abandonando el intento de conquista del Imperio Español de ultramar cuyo intento pagaron tan caro, pues hay historiador que afirma que en ella perdieron 20 buques hundidos por los cañones españoles y unos 10.000 hombres, e incendiando el resto de lo que quedaba sus barcos vacíos por los marineros muertos en combate, que los propios ingleses supervivientes tuvieron que quemar y hundir para que no se apoderaran de ellos los terribles españoles, número posiblemente exagerado, pues hay otros historiadores que evalúan en 6000 hombres las pérdidas de los ingleses frente a los casi 1000 hombres españoles muertos en la batalla, pero que da una idea de la magnitud del desastre de los ingleses y, en razón inversa, de la gloria de los españoles que en principio, mal armados, con apenas seis pocos buques y el refuerzo de unos 3000 soldados auxiliados por unos 600 milicianos indios, malos cañones en tierra, no abundantes municiones, a pesar de la fábrica de la fortaleza de San Lorenzo que las producía, en la propia Cartagena de Indias, y teniendo en cuenta escasa gente en comparación, realizaron hecho tan memorable, teniendo que aprovechar incluso las armas y municiones capturadas al enemigo inglés. La mayor operación del Almirantazgo inglés hasta el momento, que se había iniciado con más de 27.000 hombres, 186 barcos, y unos 3850 cañones, se saldaba también como la mayor derrota de su historia. Eslava y Lezo fueron los héroes de tan señalada hazaña, grande aun en un pueblo como el español en que éstas son numerosas en su historia, que como ocurre con las partidas de ajedrez, con pocas fichas pero con la estrategia audaz y bien pensada, se puede acabar poniendo en jaque mate a un rival con numerosas fichas.

Se dice que los ingleses estaban tan seguros de la toma de Cartagena de Indias, que en memoria de ella habían ya acuñado monedas en las que figuraban Lezo de rodillas entregando la espada al almirante inglés y la inscripción: “la soberbia española rendida por el almirante Vernon”; en el reverso había seis navíos y un puerto y alrededor la inscripción: “quien tomó Portobelo con sólo seis navíos, Noviembre 22 de 1739”). Como podéis ver, por aquel entonces Lezo era tuerto, cojo y tenía un brazo impedido debido a diferentes heridas sufridas años atrás (era conocido con el mote de “Mediohombre”), pero ninguna de estas taras se reflejó en las monedas con el fin de nadie no se tuviese la idea de haber derrotado a un enemigo débil, aunque los españoles no dudarían de reprocharles el testimonio de las monedas acuñadas precipitadamente por los ingleses que al final terminaron siendo la humillación del propio orgullo inglés.
Se cuenta que cuando Lord Vernon abandonó Cartagena exclamó a grito pelado “¡Dios te maldiga, Lezo!”, y luego le hizo llegar un correo en que escribió: "Hemos decidido retirarnos, pero para volver pronto a esta plaza, después de reforzarnos en Jamaica", que cuando Blas de Lezo tuvo conocimiento sobre eso, le hizo llegar la siguiente irónica contestación escrita: «Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir.»

Las titánicas fatigas de aquellos días de prueba, vencieron a Lezo, que falleció en aquella lejana plaza en un hospital, concediéndosele el título de marqués de Ovieco algunos años después, en recuerdo de su brillante historia y del hecho más culminante de ella (se dice que su muerte fue a causa de la peste provocada por tantos cadáveres ingleses pudriéndose y sin enterrar, en un clima tropical como aquel, que tenía cargado el ambiente con el desagradable olor de los cuerpos putrefactos y los heridos que quedaron de los días de batalla).Tras la tempestad no vino la calma. Sebastián Eslava, Virrey de Nueva Granada, se guardó las desavenencias que había tenido con el marino vasco y escribió varias veces al Rey pidiendo castigo para Lezo, cosa que al final logrará hundiéndole social y económicamente. El pero el enfermo marino vasco intenta conservar el prestigió y la fama ganadas durante 40 años de su vida entregados al servicio de Su Majestad Felipe V, escribiendo a sus amigos de la Península, remitiendo el diario de lo acontecido en Cartagena de Indias. Patiño, su gran valedor, intenta mediar ante el rey, pero este bastante trastornado y ya envenado por las informaciones de Eslava ignorará lo que alega Lezo. Pero este ya estaba moribundo, unas fuentes afirman que por las heridas sufridas y otras por las enfermedades transmitidas tras la matanza ocurrida semanas antes. El 7 de septiembre de 1741 muere en Cartagena de Indias sin recibir sepultura conocida por las penurias monetarias y sociales que padeció su mujer por culpa de aquellos rencores. Nadie se atrevía a mostrar su cercanía por miedo a las represalias de su ya declarado enemigo Sebastián Eslava. La situación fue tan cruel que incluso muerto fue destituido aunque posteriormente se rehabilitó su figura y se le concedió a título póstumo el marquesado de Ovieco. Así desapareció un almirante leal, valiente y tenaz, brusco pero humilde, pragmático a la par que ingenioso (quizás adelantado a su tiempo), de gran inteligencia y talento y con perfecto dominio del factor psicológico, uno de los militares más brillantes que ha dado nuestro país y me atrevería a decir que el mejor de su época, pero a la vez uno de los más olvidados por esta, en ocasiones, ingrata España que le negó su última voluntad, una placa al píe del castillo de San Felipe de Barajas que rezaría verazmente: “Ante estas murallas fueron humilladas Inglaterra y sus colonias”.


Mientras tanto Lord Vernon, sabedor de la muerte de Lezo, rondó de nuevo Cartagena en 1742 con 56 navíos, pero sus espías le informaron de la reparación de las defensas y de la presencia del terrible Virrey Eslava en la ciudad por lo que no se decidió a atacar y partió a enfrentarse al juicio de la historia. Pero, después de huir del sitio de Cartagena de Indias y tras otros dos ataques fallidos en Santiago de Cuba y Panamá para conquistar el Imperio Español desde otra banda, Lord Edward Vernon se vio obligado a volver a Inglaterra en 1742 y comunicar que la victoria de Cartagena nunca existió. Esto causó tal vergüenza a Jorge II que el propio Rey prohibió escribir sobre ello a sus historiadores. Gracias a esta victoria de Lezo y de Eslava, unidos sólo ante el enemigo común a pesar de sus profundas desavenencias, el Imperio Español de ultramar aguantaría varias décadas más hasta que empezó a desmembrarse por las crisis políticas internas de la Metrópoli Española, pero los ingleses tuvieron que dejar de soñar con apoderarse de lo que quedó del Imperio Español, adueñándose de otras tierras en otros mares y otros continentes. Actualmente sólo el peñón Gibraltar es lo que queda de territorio con el cual pende el delicado orgullo y rivalidad de ambas naciones europeas históricamente rivales, aunque se silencia completamente por intereses geopolíticos y por pertenecer ambos a la NATO.

Sin embargo, lo malo es que la figura y las hazañas de Blas de Lezo no aparecen en las lecciones de los escolares españoles, ni mucho menos en los libros de texto escolares de primaria o secundaria, debido a la actual doctrina imperante de no hablar de héroes nacionales y hacer respetar ciertas estúpidas “alianzas de civilizaciones” para no ofender según a quienes que ni tan siquiera son de origen español. Y no digamos que en Inglaterra ni tan siquiera saben quién es, pues tan censurada han tenido la historia que allí apenas existen libros que mencionen la gesta, hasta tal punto que su nombre no aparece ni siquiera en la famosa Enciclopedia Británica, tenida como la más extensa y grande del mundo, y de todo el saber conocido. Y lamentablemente el nombre de Blas de Lezo apenas tampoco tiene nombre en alguna calle, o estatua en toda la geografía española, vergonzoso para no reconocer, no honrar ni recordar a quien fue uno de los héroes y patriotas más grandes de la Historia de España. Aunque recientemente poco a poco su nombre empieza a aparecer el algunos lugares, a cuenta gotas, mal y tarde. Por lo menos, en Cartagena de Indias (Colombia) tienen una merecida estatua en memoria de su más ilustre defensor, desde el pasado día 5 de noviembre de 2009, lugar donde finalmente se ha cumplido el deseo nuestro valiente soldado marino Don Blas de Lezo, ya que éste en su día había pedido en su testamento que un grupo de españoles pusiera una placa para no olvidar aquella victoria. En ella hoy se puede leer: «Aquí España derrotó a Inglaterra y sus colonias». «Con sólo 3.000 hombres y su ingenio, Lezo derrotó una armada de unos 25.000 hombres, más 4.000 hombres traídos de Virginia por el medio hermano de George Washington». Pero es injusto que en España, que hoy en día hay tanto escándalo con aquello de “Memoria Histórica”, apenas casi nadie se acuerde ni honre debidamente al gran marino español, al hombre que dio su pierna, su ojo, su brazo, y hasta su propia vida en casi 40 años al servicio de España, sin tener el merecido reconocimiento propio por parte de la ingrata patria que olvida y arrincona a sus héroes, cuando su derrotado rival Lord Edward Vernon, tiene incluso una tumba en la abadía de Westminster, donde están enterrados varios de los grandes e ilustres del Reino Unido, mientras que los españoles arrastramos la vergüenza de que no sabemos ni dónde está enterrado el gran Blas de Lezo. Cuando en las calles de España hay nombres de tantos personajes mediocres y de tan poco mérito, parece como si a los políticos españoles les molestara la brillantez, hazañas, valor y heroísmo de tan destacado patriota. El reflejo, quizás de que somos el país de la envidia y la ingratitud, capaces de humillar y menospreciar y ser desagradecidos con aquellos que más falta nos hacían en su momento.

Algo es algo pero desde mi blog he pretendido aportar mi grano de arena en recuperar su memoria, tan injustamente marginada, de quien fue el minusválido español más glorioso de todos los tiempos.


Os dejo con algunos vídeos que he encontrado en el You Tube, referente al protagonista que nos ocupa hoy:

Video de Blas de Lezo:



Blas de Lezo y la invencible inglesa en Cartagena de Indias




Blas de Lezo: el azote de Inglaterra


Blas de Lezo