miércoles, 14 de enero de 2009

ANECDOTAS DE LA PUTA MILI



Me contaba mi tío Perico, que había hecho el servicio militar en el glorioso ejército franquista, concretamente en un lugar llamado Cerro Muriano, al sur de España, lo siguiente sobre cómo aprendió allí a ser un hombre integro y derecho.

Por supuesto que lo primero que le dijeron cuando llegó allí como recluta, junto a otros novatos, fue lo siguiente: “Cabrones del culo, a ver si os enteráis: los cojones los habéis dejado afuera, aquí mandan los galones”.

Le tocó de sargento instructor, un tal Muñoz Serrano (no me acuerdo muy bien cómo me dijo que se llamaba, pero lo llamaré así), el peor que había en toda España, que no paraba de reprenderle, descalificarle e insultarle, que una vez mientras limpiaba a fondo el barracón le oyó cantar una canción de Juanito Valderrama, que le dijo a gritos lo siguiente: “¡Pedazo de cabrón hijoputa, si te vuelvo a oír cantar, te dejaré el jodido culo como un tomate! ¿Lo has entendido? ¡Bien, capullo, ahora hazme el puñetero favor de dejarlo todo bien limpio, y rápido guarro de mierda!”

Como que por su forma de hablar, ya podéis adivinar la personalidad del terrible sargento, que a un nuevo teniente recién incorporado le picó la curiosidad ante lo que veía, por lo que en algún momento no le quedó más remedio que entrar en el despacho del sargento, estando los dos solos, para preguntarle lo siguiente:

- Dígame, sargento Muñoz, ¿qué haría usted si uno de sus hombres le plantase cara?
-Mi teniente, eso sería lo más fácil del mundo –contestó. Ya sabe que un subordinado no puede pegar a un superior, y que un superior puede matar a un inferior si considera violada su autoridad. Se agachó y cogió de debajo de la mesa un palo de madera dura-. Mire, le daría una paliza de muerte, hasta dejarlo hecho papilla, con sólo que uno de esos capullos me tocase un pelo.

Al cabo de unos meses hubo un relevo de mando en el cuartel. Llegó un nuevo coronel, junto con su hermosa esposa, que se parecía a Grace Kelly, con una exquisita educación a la que no le gustaba oír las palabrotas. Y se dio orden de que, como en el Cerro Muriano se hablaba con mucha mala educación, eso tendría que cesar inmediatamente. Así que al día siguiente, al tocar la corneta y formar filas en el patio, el sargento Muñoz fue el encargado de anunciar la nueva orden. Se situó ante el pelotón de soldados a su cargo para hablarles y les dijo lo siguiente a grito pelado:
- Eh, cabrones, escuchad lo que voy a deciros. El nuevo coronel considera que aquí se dicen demasiados tacos de los cojones, y quiero que todos vosotros, gilipollas de mierda, os enteréis de una puñetera vez que no quiero volver a oír un taco de los cojones hasta nueva puta orden, ¿entendido?
-¡Sí, mi sargento!
-Bien, podéis ir a tocaros los cojones. Rompan filas.
Desde luego, el sargento Muñoz no tenia la menor intención de poner en cuestión al coronel ni mucho menos de boicotear la nueva orden. Lo único que hacia era transmitirla de la única manera de buenos modales que él conocía, y con las palabras que sabía que los soldados le entenderían perfectamente.
Al final en el fondo los soldados terminaron apreciando al sargento y el sargento apreciando a los soldados, pues había hecho de ellos unos hombres con cojones, tanto para estar listos en la defensa de España en caso de invasión o agravio, como preparados para soportar y enfrentarse a esas innumerables cabronadas que nos depara la vida. Allí en la mili es en donde se aprendía a ser el típico macho ibérico, el ejemplar hombre español capaz de enfrentarse a la vida.
De eso ya han pasado más de 50 años, y mi tío Perico ya lleva un tiempo jubilado. Pero desde que lo licenciaron, nunca más volvió a saber sobre el inolvidable sargento Muñoz. Me preguntaba: hoy en día (escribo eso en mi blog en enero del año 2009), con una ministra de defensa como Carme Chacón, y con la moda del famoso teléfono 016 (para denunciar el maltrato femenino –no el masculino-), y ante unas damas (¿o lo correcto sería decir señora o señorita soldado?) recibiendo instrucción en el cuartel mencionado anteriormente, ¿en qué se hubiera cagado el sargento Muñoz?.
¡El ejército español ya no es lo que era!