sábado, 31 de enero de 2009

LO QUE NO VA EN EL MUNDO DE LA CONSTRUCCIÓN





En 1978 hace poco más de 30 años, se aprobó en este país una Constitución en cuyo artículo 47 se priorizaba el derecho de todo español a disponer de una vivienda digna. En aquellos momentos la duración media de una hipoteca era de 13 años. En la actualidad, una hipoteca de menos de 30 años, es una cosa rara. ¿Qué ha cambiado a por peor, teniendo en cuenta que los avances técnicos deberían de abaratar el coste de la vivienda?. Sin duda la política de imponer normas y leyes embrolladoras, y la especulación.

Pero nos remontemos unos años muchísimo más atrás de la vigente Constitución. Estaba probado que en España había un personaje llamado Jaime de Andrade de seudónimo, guionista de la célebre “Raza” y autor de “Diario de una bandera”….¿adivinan quién era?. Pues Francisco Franco Bahamonde, el vencedor de la última guerra civil española. En su juventud a Don Jaime de Andrade le gustaba hacer planos de urbanizaciones y de viviendas pensadas para los obreros, las clases más necesitadas del país. Y de allí saldría el germen de la ideología de “Ni hogar sin lumbre, ni un español sin pan”. Durante la dictadura de Franco, fue cosa muy frecuente hacer barrios y urbanizaciones de “casas baratas”, destinadas para viviendas de los obreros españoles, algo que no recuerdo que se hayan hecho en el periodo que vendría tras la muerte del dictador. En aquellos tiempos, una hipoteca, apenas se tardaba una década en acabar de liquidarla, y cualquier obrero con ganas de trabajar, podía hacerse él mismo su propia casa, y lo que es más: se salía con ello. Entonces las cosas tenían el valor que tenían que tener: con poco dinero, podías hacer y comprar muchas cosas, sin leyes perturbadoras que estorbaran; y no es como ahora que con mucho dinero sólo puedes hacer muy pocas cosas por lo caro que se ha puesto todo y además con malas leyes que ponen palos a toda clase de iniciativas. El peón con el sueldo más bajo de una fábrica, si se estrechaba el cinturón y ahorraba algo, empezaba a comprarse un trozo de parcela, buscaba el arquitecto que le ofrecía el dibujo más barato, pedía un sencillo permiso a su modesto ayuntamiento, cogia un pico y pala, cavaba, pastaba a mano con una pastera, llenaba los cimientos a mano, cogía los ladrillos, y de vez en cuando solicitaba los servicios de algún colega, amigo o familiar para poner las vigas, cubría la casa, y poco a poco terminaba la casa, con grandes sacrificios, esfuerzos y ahorros, y terminaba teniendo una casa mínimamente digna, hecha con amor, con esfuerzo,….y sin que nadie le exigiera como ocurre actualmente: plan de seguridad e higiene, reglamento tal o cual, permiso tal o cual, y toda una burrada de exigencias administrativas que no sirven para nada (salvo dificultad aún más todo) y encarecen de verdad la vivienda. En verdad, a Franco le preocupaba que el obrero pudiera tener una vivienda, por lo que toleraba todo lo posible para que el obrero se la construyera, y no le ponía leyes persecutorias. En aquellos tiempos se podían ver muchas calles con pilones de arena en los lados de viviendas o parcelas, en la que ya se podía adivinar que alguien se estaba haciendo obras, y sin lo que hoy se entiende por un permiso. Pero hoy día, simplemente por construirle una caseta al perro, ya tienes que pedir todos los correspondientes permisos reglamentarios. Cosas como esas han hecho que para poder disponer de una vivienda, cualquier hijo de vecino se tenga que endeudar de por vida con hipotecas de más de 30 años (y en algunos casos hasta 50 años).

A los nuevos ayuntamientos del postfranquismo les vino bien sacar una buena tajada de dinero con lo de los permisos de obras, por lo que dejaron de tolerar la libertad que entonces disponía la gente de hacerse obras por su cuenta dentro de sus propiedades. Y a la administración y los sindicatos, le fue bien colarse con aquello de la Seguridad e Higiene, que terminaría llevando a menudencias tales como elaboración de un plan de seguridad e higiene a cada obra, con la excusa de que de esta manera mejoraría a seguridad de los trabajadores, y para colmo, cada semana, una o más veces, enviando un inspector de seguridad que compruebe todo, con el consiguiente entorpecimiento de las obras, aparte de encarecerlas aún más. Lo cierto es que ningún gobernante, ni ningún sindicalista liberado sabe lo qué es soportar largas horas un casco en la cabeza sobretodo con mucho calor, trabajar con unos mal llamados zapatos de seguridad que con los calores del verano producen sabañones en los pies, unos andamios montados de una forma de estorban la manera adecuada de trabajar, aguantar unos arnés horas y horas que casi se parece a cómo trabajarías a todas horas con un traje de buzo. Por otra parte, con todos estos instrumentos de tortura a lo que obligan por aquello de la Seguridad e Higiene, no mejora en nada el rendimiento del trabajo por lo entorpecedor que ello es. Y otra cosa muchísimo más grave e hipócrita: lo que nunca dicen ni la prensa, ni los sindicalistas, ni los gobernantes, es cuando hay un accidente laboral, en la inmensa mayoría de las veces suele ocurrirle a un inmigrante, a un extranjero, a alguien de muy baja preparación, de poco sentido común en el trabajo, y de muy poco cuidado, procedente de un país acostumbrados a trabajar de cualquier manera, sin ese sentido del trabajo bien hecho que tenemos en nuestro país. Entonces por qué los accidentes de unos inexpertos, lo tienen que pagar el resto de los trabajadores con sentido común en el trabajo como para no buscar accidentarse. La Seguridad e Higiene, los Planes de trabajo o prevención, no sirven absolutamente para nada, salvo para estorbo de la libertad de trabajo, y lo digo porque se ha buscado culpabilizar a la gente (haciendo de ello un suculento negocio para abogados y administración –con llenado de arcas a través de sanciones-), cuando antes te partías un hueso y no se culpaba a nadie, salvo a uno mismo. Cada cual tiene que trabajar a su manera, y como quiera, o el trabajo en las condiciones impuestas por la fuerza se convierte en una tortura. Además tal preparación técnica en seguridad e higiene que se exige a los trabajadores, se parece más bien dirigida a un licenciado universitario, que no a un simple obrero de la construcción que suele ser de lo más bajo en nivel formativo y cultural, el más incapacitado para los estudios. En la construcción es el sector donde por norma entran las personas que menos capacidad tiene para los estudios, pero con los suficientes cojones para soportar ese trabajo tan duro, por lo que es para gente a la que no se le puede exigir conocimientos técnicos, y menos conocimientos complicados derivados de la “seguridad e higiene”. Por cosas como esas hoy día es tan complicado, caro y difícil hacerse una vivienda, cuando en comparación, en los tiempos de Franco, que no existían esas cosas impositivas, el más bajo de la escala social, si de verdad se lo proponía y ponía empeño y voluntad, con un poco de destreza, pericia y trabajo, se salía con ello. Y si no os lo creéis, preguntadle a nuestros actuales jubilados de la construcción si es verdad de lo que estoy hablando. La culpa de que sea tan caro construir, es de esas normas obligatorias, de esos chupones que quieren su tajada de pastel sin apenas trabajar, y de los especuladores que se aprovechan de ellos. ¿La solución?, pues volver a las mismas maneras de los tiempos de Franco: eliminar normas, obligaciones, impuestos, exigencias,…y permitir la total libertad de construcción de vivienda al gusto de cada uno. Los accidentes de trabajo, se debe de decir que es el precio que ha de pagar quien no sabe o no quiere andar con cuidado, pero no tienen porque pagar los justos por pecadores. En una obra con un sol de justicia, lo adecuado no es ponerse un casco, sino una ligera gorra; y con los pies, lo adecuado no son unas botas de suela y recubriendo metálico, sino un aislante y aireador calzado. El corte con radial, se debe de aconsejar el uso de gafas o protección,….pero ya digo: las obligaciones son siempre malas: nadie tiene porque meterse con la libertad de cada uno, y si alguien se accidenta o muere, no hay porqué buscar culpables, que eso es lo que hacen los abogados siempre rapiña ávida de buscar excusas para sacar dinero a los demás: buscando culpables en el empresario, en el arquitecto, en el encargado, en los oficiales etc…., como si los colegas de trabajo tuvieran que ejercer obligatoriamente de policías laborales de sus propios compañeros. Las cosas no deben de ser así: tiene que haber libertad de que cada uno trabaje como quiera y a su gusto, y que nadie se sienta obligado a nada: el libre mercado ya podrá las cosas en su sitio: el consumidor comprará la vivienda que encuentre en el mejor precio y calidad, sin fijarse en el método o forma construida, y todo lo demás poco cuenta, aparte que nada de lo que encarece indebidamente una vivienda es bueno. Es el libre mercado quien tiene la última palabra sobre si una construcción está bien hecha o no, no la Administración señalar o imponer lo que ha de ser bueno o ser malo en la ejecución de una tarea.

Errado va quien piense que un obrero trabaja mejor con un casco. Para que lo entendáis, basta que os pongáis uno, lo llevéis en un día cualquiera, con sol o sin sol, todo el día puesto; para lo que hagáis: girar la cabeza, inclinaros a recoger algo, etc…, y al cabo del día, ya me diréis que tal os ha ido. Los políticos sólo se los ponen para hacerse la foto en las obras, pero bueno seria que también se las pusieran a todas horas en el parlamento, donde allí también existe un riesgo: si aparece otro Tejero, disparando al techo, ese podría caerse, ¿no?, entonces sus señorías, al menos lleven la protección que obligan a ponerse por la fuerza a los obreros de España. Seguro que siendo así, sus señorías bien pronto sacarían una nueva ley en la que derogarían la obligación de ponerse casco. Eso hace que los obreros que son más expuestos a la vista del público o inspectores, se lo tengan que poner, pero de obras a dentro, tienen unos códigos secretos corporativistas de avisarse en caso de presencia de indeseables, de ponérselo, porque la verdad es que siempre que pueden, se lo quitan, y si trabajan en lugares donde no son vistos, en vez de casco, se ponen gorra ligera. Los inspectores, por supuesto, siempre son mal vistos y temidos por casi todos los obreros de la construcción, aunque tengan que ponerles buenas caras para no complicar más aún las cosas. La hipocresía laboral estás servida.

Cuando yo entré por primera vez en la construcción, a finales de los años 70, cualquier peón podía llevar una grúa, y generalmente la solía llevar el empleado que mejor destreza tenía en saber recoger la carga i llevarla exactamente al punto requerido. Hoy día te exigen un curso de muchísimas horas, como si te enseñaran a pilotar un avión airbus. Algo absurdo. ¿Sabéis quienes tienen la culpa?...los abogados y los jueces, y la administración ávida del dinero de las multas, pues todos se aprovechan de los fallos para ir tras el dinero. Eso no es nada bueno, ni para el país, ni para nadie, y además va contra el principio de la libertad de trabajo. Incluso para llevar una simple máquina-toro, te exigen un curso de muchísimas horas. Hasta tal punto han llegado las prohibiciones, que casi ni vale la pena entrar en el oficio, por la falta de libertad de trabajo. En mi opinión, un toro lo puede llevar cualquier imbécil que demuestre que puede llevarlo bien, y eso no pasa necesariamente por un curso con un título. Y lo mismo vale para los maquinistas de retros y otras máquinas, de los cuales, los mejores maquinistas del país, los que mejor saben hacer las zanjas y nivelar bien los terrenos, ninguno tiene el consabido título y los cursos exigidos. ¡Hasta dónde llega el nivel de estupidez de los políticos, los abogados, y los sindicalistas!, que por supuesto, los sindicalistas no son los que trabajan de verdad en la obra, sino que hacen de liberado, es decir “de político que vigila la empresa”.

Ahora se dice que un albañil para ejercer, tendrá que tener un carnet en el año 2012, lo que le exigirá un curso de muchísimas horas. Como si la de albañil fuera una carrera universitaria más. ¿Qué albañil, tras la cansada jornada, y con obligaciones familiares, va a sacar el tiempo para un curso que de verdad no necesita, ya que eso es un oficio que no se aprende en cursos, sino con la práctica y la experiencia?. Existen miles de autónomos de la construcción, y ninguno con ese carnet que ahora se exige; porque parece ser que el de empresario es la única función social en la que puede entrar cualquiera sin necesidad de título alguno, salvo el de ganas de trabajar,…y un país sin empresarios, sin gente con dinamismo e iniciativa, ¿adónde irá a parar?. Desde luego, vamos por mal camino. Ese carnet lo que hará es que los listos que obtengan carnet se aprovecharán de los demás, encontrándose los veteranos que tendrán que hacerse pasar por peones, cuando existan las visitas de los inspectores, algo malo, puesto que al recortar aún más la libertad de trabajo con tanta norma y exigencia, no se puede competir, y encima el resultado final del producto es un encarecimiento desorbitado y de una peor calidad de acabado. Creo que la conclusión final será: en lo posible, quien pueda encontrar la manera de que se trabaje en negro, y con las puertas totalmente cerradas, es lo mejor que puede hacer.

Con todo lo que explico aquí lo que trato de reivindicar es que se vuelva a la libertad de trabajo, como en los tiempos de Franco, sin normas, sin trabas, para que que se esfumen todos esos cuantos elementos que han puesto el derecho constitucional a la vivienda, a un precio inaccesible.

¿Sabéis a qué ha traído esas normas y esta falta de libertad de trabajo a España?. Que seamos el país de la chapuza: Los acabados de la construcción, aparte de lo carísimos que son, son de muy pésima calidad. Un obrero soportando la carga de un casco en la cabeza, es imposible que ate bien una armadura, o deje bien colocada la pieza cerámica, o heche la adecuada proporción de material en la mezcla. Eso da lugar a que seamos el país de los remiendos. Cada vez que vas a una casa distinta, uno se da cuenta de la última chapuza que han dejado, e intenta arreglarla. Pero viendo tantas chapuzas en todas partes, qué importancia tiene dejar otra chapuza de más. Ese es el rol que se sigue habitualmente, aunque tampoco voy a cuestionar la existencia de muy buenos profesionales, pero que son clara minoría, y bastante marginados en su buen hacer y su buen sentido común.

He leído todos los libros sobre construcción CEAC, el vademécum de la construcción de los aparejadores, incluso algo sobre arquitectura de Vitrubio,…y a decir verdad, allí no se aprende el arte de la albañilería: ello es oficio, y sólo se puede aprender con una larga y constante práctica, y los libros influyen de manera nula. La construcción no se aprende en los cursillos de los lacayos de los políticos que lo que saben es simplemente a nivel de chapuza. La verdadera esencia del oficio de la albañilería, sólo sale de las manos de los hombres trabajadores capaces de hacer auténticas maravillas empleando las manos y la inteligencia, la experiencia que la los años de práctica en el oficio. Puesto que la tarea de cada día es algo distinto, algo que requiere improvisación, y es por tanto, algo que más que nada requiere esa libertad de trabajo que ahora tanto está siendo cuestionada, por culpa de la Administración, el estamento judicial, y los sindicatos (tanto los empresarios, como los trabajadores de verdad, saben que todas esas imposiciones son estorbos entorpecedores de las obras). De nada va a servir ese supuesto carnet de constructor de 2012, puesto que existe el hombre de oficio en la construcción, pero de escasas facultades para las letras, y eso último no se puede exigir, como a nadie se le ocurriría exigirle a cualquiera un largo curso de lengua china. La falta de libertad de trabajo, para nada crea unas condiciones de orgullo de trabajo bien hecho: sino que más bien lo que hay con demasiado abundancia es el orgullo de no trabajar, de buscar excusas para todo, y hasta incluso hay quienes presumen de no dar golpe, que incluso parecen admirados por el resto de la sociedad. Eso último es lo que fomentan la inacabable lista de normas y reglamentos. ¿Realmente alguien cree que le va a construir una buena casa, un operario que tenga que soportar todo el día el peso de un casco sobre su cabeza, la confusión y la torpeza de unas normas?.

Estoy seguro de que si Franco resucitara y volviera al poder, se suprimiría todo aquello que ha hecho encarecer la vivienda, e imposibilitado al obrero que se construyera una por su cuenta. No discutiré la seguridad e higiene en el trabajo, pero que sólo quedara a título informativo, sin que ello recortara para nada la libertad de trabajo: trabaja como quieras, y para quien se accidente, mala suerte, pero eso no es razón para que las libertades laborales de los demás tengas que ser cuestionadas. Entonces es muy posible volver a los tiempos de las hipotecas a 10 años, y de los mozos de almacén, que son capaces de construirse ellos mismos su propia casa, como simples aficionados. ¿No es eso la libertad que queremos?, ¿o preferimos la esclavitud de las normas, que incluso nos llegan hipotecar de por vida, y convierten el amor al trabajo en un desengaño para convertirse en un profesional de la chapuza?.

Y cuando necesitéis un profesional de la construcción, no os fijéis en un carnet, sino en la buena fama que le acompañe. Fijaos más bien en su estilo y manera de trabajar, en cómo ejecuta y deja los acabados. En una profesión que es muy competitiva, y además es oficio, de muy poco valen o sirven supuestos carnets o normas. Y andaros con mucho cuidado con los vagos y chapuceros, pues son quienes más viven y se aprovechan de las normas impuestas y de la falta de libertad de trabajo. Esos últimos, dejádselos para los que realmente les conviene: para los mismos que las imponen y las fomentan. Con todo lo demás, hemos tenido la mala suerte de hacer un país de mierda, donde el derecho constitucional a una vivienda decente, no está al alcance de cualquiera.