domingo, 20 de diciembre de 2009

REGALO DE NAVIDAD: LA LEYENDA DEL CUARTO REY MAGO ANDALUZ



Es el regalo de Navidad que me ha enviado una buena amiga mía, cuyo nombre no quiere que revele, pero que me ha pedido que la publique en mi blog. Satisfaciendo a su deseo la inserto. Es una leyenda que corre, pero del que todavía no conozco su origen ni procedencia. Las ilustraciones son pinturas de nuestro pintor Velázquez. Dice textualmente:

Esta es una historia muy bella pero que pocos la conocen; quiero compartirla contigo…
¡Espero que te guste¡ Es un poco larga pero vale le pena…

Después de todo es mi regalo de navidad…

Esta es la historia del cuarto rey mago, que también vió brillar la estrella sobre Belén.
Su nombre era Artabán, su origen andaluz y su historia forma parte de una leyenda que cuenta que fueron cuatro los Reyes Magos. Que luego de haber visto la estrella en el oriente, partieron juntos llevando cada uno sus regalos de oro, incienso y mirra. El cuarto Rey Mago llevaba vino y aceite en gran cantidad, además de diamantes y perlas que eran su regalo para nuestro señor JESUCRISTO todo esto iba cargado en los lomos de sus burritos.

Luego de varios días de camino se internaron en el desierto. Una noche los agarró una tormenta. Todos se bajaron de sus cabalgaduras, y tapándose con sus grandes mantos de colores, trataron de soportar el temporal refugiados detrás de los camellos arrodillados sobre la arena. El cuarto Rey, que no tenía camellos, sino sólo burros buscó amparo junto a la choza de un pastor metiendo sus animalitos en el corral de pirca.

Por la mañana aclaró el tiempo y todos se prepararon para recomenzar la marcha. Pero la tormenta había desparramado todas las ovejitas del pobre pastor, junto a cuya choza se había refugiado el cuarto Rey. Y se trataba de un pobre pastor que no tenía ni cabalgadura, ni fuerzas para reunir a su manada dispersa.
Nuestro cuarto Rey se encontró frente a un dilema.

Si ayudaba al buen hombre a recoger sus ovejas, se retrasaría de la caravana y no podría ya seguir con sus Camaradas. El no conocía el camino, y la estrella no daba tiempo que perder. Pero por otro lado su buen corazón le decía que no podía dejar así a aquel anciano pastor.

¿Con qué cara se presentaría ante el Rey Mesías si no ayudaba a uno de sus hermanos?

Finalmente se decidió por quedarse y gastó casi una semana en volver a reunir todo el rebaño disperso. Cuando finalmente lo logró se dio cuenta de que sus compañeros ya estaban lejos, y que además había tenido que consumir parte de su aceite y de su vino compartiéndolo con el viejo. Pero no se puso triste. Se despidió y poniéndose nuevamente en camino aceleró el tranco de sus burritos para acortar la distancia.

. Luego de mucho vagar sin rumbo, llegó finalmente a un lugar donde vivía una madre con muchos chicos pequeños y que tenía a su esposo muy enfermo. Era el tiempo de la cosecha. Había que levantar la cebada lo antes. Posible, porque de lo contrario los pájaros o el viento terminarían por llevarse todos los granos ya bien maduros.

Otra vez se encontró frente a una decisión. Si se quedaba a ayudar a aquellos pobres campesinos, sería tanto el tiempo perdido que ya tenía que hacerse a la idea de no encontrarse más con su caravana. Pero tampoco podía dejar en esa situación a aquella pobre madre con tantos chicos que necesitaba de aquella cosecha para tener pan el resto del año.

No tenía corazón para presentarse ante el Rey Mesías si no hacía lo posible por ayudar a sus hermanos. De esta manera se le fueron varias semanas hasta que logró poner todo el grano a salvo. Y otra vez tuvo que abrir sus alforjas para compartir su vino y su aceite.

Mientras tanto la estrella ya se le había perdido. Le quedaba sólo el recuerdo de la dirección, y las huellas medio borrosas de sus compañeros. Siguiéndolas rehizo la marcha, y tuvo que detenerse muchas otras veces para auxiliar a nuevos hermanos necesitados. Así se le fueron casi dos años hasta que finalmente llegó a Belén. Pero el recibimiento que encontró fue muy diferente del que esperaba.

Un enorme llanto se elevaba del pueblito. Las madres salían a la calle llorando, con sus pequeños entre los brazos. Acababan de ser asesinados por orden de otro rey. El pobre hombre no entendía nada. Cuando preguntaba por el Rey Mesías, todos lo miraban con angustia y le pedían que se callara. Finalmente alguien le dijo que aquella misma noche lo habían visto huir hacia Egipto.
Quiso emprender inmediatamente su seguimiento, pero no pudo.

Aquel pueblito de Belén era una desolación. Había que consolar a todas aquellas madres. Había que enterrar a sus pequeños, curar a sus heridos, vestir a los desnudos. Y se detuvo allí por mucho tiempo gastando su aceite y su vino. Hasta tuvo que regalar alguno de sus burritos, porque la carga ya era mucho menor, y porque aquellas pobres gentes los necesitaban más que él. Cuando finalmente se puso en camino hacia Egipto, había pasado mucho tiempo y había gastado mucho de su tesoro. Pero se dijo que seguramente el Rey Mesías sería comprensivo con él, porque lo había hecho por sus hermanos.

En el camino hacia el país de las pirámides tuvo que detener muchas otras veces su marcha. Siempre se encontraba con un necesitado de su tiempo, de su vino o de su aceite. Había que dar una mano, o socorrer una necesidad. Aunque tenía temor de volver a llegar tarde, no podía con su buen corazón. Se consolaba diciéndose que con seguridad el Rey Mesías sería comprensivo con él, ya que su demora se debía al haberse detenido para auxiliar a sus hermanos.

Cuando llegó a Egipto se encontró nuevamente con que Jesús ya no estaba allí. Había regresado a Nazaret, porque en sueños José había recibido la noticia de que estaba muerto quien buscaba matarlo al Niño. Este nuevo desencuentro le causó mucha pena a nuestro Rey Mago, pero no lo desanimó. Se había puesto en camino para encontrarse con el Mesías, y estaba dispuesto a continuar con su búsqueda a pesar de sus fracasos. Ya le quedaban menos burros, y menos tesoros. Y éstos los fue gastando en el largo camino que tuvo que recorrer, porque siempre las necesidades de los demás lo retenían por largo tiempo en su marcha.

Siempre llegaba retrasado a los lugares donde Jesús podía estar, porque los pobres y miserables vivían pidiendo su ayuda.
Así después de más de treinta años siguiendo a Jesús por Egipto; Galilea y Betania, el rey mago llega a Jerusalén, pasó mas de treinta años, siguiendo siempre las huellas del que nunca había visto; pero al cual profesaba ciegamente devoción y respeto. Además siempre dio muestras de su espíritu altruista para con sus semejantes.

Artabán empezaba a sentir en su cuerpo el rigor de los años, y el de llevar una búsqueda que parecía no tener fin; había dedicado su vida a la búsqueda del DIVINO MAESTRO, pues en su corazón había prometido encontrarle.
Finalmente se enteró de que había subido a Jerusalén y que allí tendría que morir. Esta vez estaba decidido a encontrarlo fuera como fuese. Por eso, ensilló el último burro que le quedaba, llevándose la última carguita de vino y aceite, y con lo poco que quedaba de todos sus tesoros iniciales. Partió de Jericó subiendo también él hacia Jerusalén.

Para estar seguro del camino, se lo había preguntado a un sacerdote y a un levita que, más rápidos que él, se le adelantaron en su viaje. Se le hizo de noche. Y en medio de la noche, sintió unos quejidos a la vera del camino. Pensó en seguir también él de largo como lo habían hecho los otros dos. Pero su buen corazón no se lo dejó. Detuvo su burro, se bajó y descubrió que se trataba de un hombre herido y golpeado. Sin pensarlo dos veces sacó el último resto de vino para limpiar las heridas. Con el aceite que le quedaba untó las lastimaduras y las vendó con su propia ropa hecha jirones. Lo cargó en su animalito y, desviando su rumbo, lo llevó hasta una posada.

Allí gastó la noche en cuidarlo. A la mañana, sacó las dos últimas monedas y se las dio al dueño del albergue diciéndole que pagara los gastos del hombre herido. Allí le dejaba también su burrito por lo que fuera necesario. Lo que se gastara de más él lo pagaría al regresar.

Y siguió a pie, solo, viejo y cansado. Cuando llegó a Jerusalén ya casi no le quedaban más fuerzas. Era el mediodía de un viernes antes de la Gran Fiesta de Pascua. La gente estaba excitada.
Todos hablaban de lo que acababa de suceder. Y es ahí donde descubre que el Hijo de Dios, aquel a quien se dedicó a buscar muchos años antes, ha sido condenado a morir en la cruz. De inmediato piensa en su última posesión, una perla. Está seguro de que ésta comprará la libertad de Cristo. Pero en el camino hacia el Templo Sagrado se encuentra a una mujer que está siendo amenazada con ser golpeada y asesinada si no paga las deudas de su padre. Una vez más Artabán ofrece la perla, su última posesión, a cambio de la vida de la mujer.
Ahora realmente no le queda nada.

Todo lo que tuvo la intención de entregar en adoración lo ha entregado en servicio de la humanidad.
Para aumentar sus tribulaciones, Artabán recibe el golpe de una piedra que cae de una estructura que se estaba derrumbando debido al terremoto que acompañó a la crucifixión de JESUCRISTO. Está seguro de que morirá sin ver jamás a su Señor.

Pero mientras yace sangrando y moribundo, escucha una débil voz desde muy lejos.

- En verdad os digo, que todo lo que habéis hecho al más pequeño de mis hermanos, lo habéis hecho conmigo.

Esas palabras alegraron el afligido corazón de Artabán, algunos regresaban del Gólgota y comentaban que allá estaba agonizando el DIVINO MAESTRO colgado de una cruz.

Nuestro Rey Mago gastando sus últimas fuerzas se dirigió hacia allá casi arrastrándose, como si el también llevara sobre sus hombros una pesada cruz hecha de años de cansancio y de caminos recorridos.

Y llegó.

Y dirigió su mirada hacia el agonizante JESUCRISTO, y en tono de súplica le dijo:

- Perdóname DIVINO MAESTRO. Llegué demasiado tarde.

Pero desde la cruz se escuchó una voz que le decía:

- Hoy estarás conmigo en el paraíso.
-Al contrario de lo que piensas tú me encontraste durante toda tu vida.
-Yo estaba desnudo, y me vestiste.
-Yo tuve hambre, y me diste de comer.
-Yo estaba preso, y me visitaste.
-Pues yo estaba en todos los pobres de tu camino.
-Muchas gracias por tantos regalos de amor.

Al oír esto Artabán, el cuarto Rey Mago, muere feliz sabiendo que sus regalos sí fueron recibidos por su Señor.

Ciertamente Artabán fue el más sabio y el más justo de todos los Reyes