
Entonces con el advenimiento de la democracia, un tal Francisco Fernández Ordóñez que lideraba el ala social-demócrata del entonces gubernamental partido U.C.D. (Unión de Centro Democrático), fue nombrado ministro de justicia por el presidente Adolfo Suárez, y sacó una primera Ley del Divorcio, en que se fijaba un primer plazo de unos dos años de separación antes de dar el paso definitivo al divorcio. La iniciativa, como era lógico, escandalizó a la Iglesia, que tenía muchos representantes en el ala demócrata-cristiana del gubernamental partido U.C.D., y el ministro Ordóñez se sintió intimidado de tal modo, que en las siguientes elecciones abandonó la U.C.D entonces liderada por Leopoldo Calvo Sotelo., para fundar el P.A.D. (Partido de Acción Democrática) que acabaría por integrarse en el P.S.O.E. (Partido Socialista Obrero Español) que por entonces lideraba Felipe González, y que ese último una vez alcanzada la presidencia del gobierno español, acabaría por recompensar a Francisco Fernández Ordóñez, el padre de la ley de divorcio española, con la cartera de asuntos exteriores en su primer gobierno socialista. Se consideraba que la pareja podría tener la posibilidad de reconciliarse y darse una segunda oportunidad, y por eso en los dos primeros años oficialmente seguían siendo matrimonio, aunque estuvieran separados. Pasado el plazo, podía pasarse al divorcio, con la ruptura y anulación total del matrimonio. Eso suponía una suculenta y rapiñosa fuente de ingresos por partida doble por parte de los abogados y procuradores de tribunales, que con tan sólo escribir algunas simples cositas en un par de papelitos que hicieran referencia a ruptura del vínculo matrimonial, pensión, hijos, domicilio, etc..., legalizado por un juez en forma de sentencia, se llevaban el sueldo de varios largos meses de trabajo del cualquiera. Pero la justicia no llegó a ser justicia de verdad, ni tan siquiera se aplicó el principio de “al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, que es lo que dice el mismo Hijo de Dios hecho hombre en el Nuevo Testamento. La ley de divorcio sólo terminaba de una manera: dejando a un ganador y a un perdedor, sea el ex marido o la ex mujer, en cuanto se refiere a la pensión, a la custodia de los hijos, al domicilio, y al régimen de visitas. Luego en tiempos más recientes, con José Luís Rodríguez Zapatero del P.S.O.E. como presidente del gobierno, vendría lo que llamaron el “divorcio express”, una forma más rápida para hacer el obligado trámite; y digamos en la modalidad “turbo” a favor de la mujer si se probaba la existencia de unos supuestos malos tratos. Pero la ley sigue siendo muy injusta, pues no respeta el principio de la propiedad tal como sencillamente está definido en la Biblia por parte del Hijo de Dios, y además obliga a una parte, la perdedora, a compensar y mantener económicamente a la otra parte que se queda con la custodia, y también a ceder la vivienda a la parte ganadora, aunque no sea la legitima propietaria de la vivienda. En ese sentido, a mi modesto entender, una ley de divorcio sería mínimamente justa si aplicara el principio bíblico que ya he señalado de “al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”, en la que cada parte dispone lo que de verdad es su propiedad, sin obligación de mantener económicamente a la otra parte, salvo en la mantenucíon equitativa y proporcional a los ingresos personales, de los hijos hasta llegados a la mayoría de edad. Existen algunas voces que hablan de “custodia compartida”, en cuanto se refiere al tema de los hijos, pero cabe decir que sobre esto, en un 99% de los casos no funciona. El bienestar de los hijos de la ruptura matrimonial, más que de ninguna otra ley cualquiera, depende de la buena voluntad y entendimiento de sus progenitores. A veces es suficiente la buena voluntad y el buen sentido común de uno sólo de los progenitores, en cuanto se trata del bienestar y equilibrio emocional de los hijos, puesto que la cuestión va mucho más allá de las supuestas buenas intenciones de cualquier ley.


“Durante el primer año del reinado del rey Julief, 2000 parejas se divorciaron de mutuo acuerdo delante de un juez. Al saberlo, el rey Julief se indignó tanto, que inmediatamente abolió el privilegio del divorcio en su reino. Al año siguiente, el número de bodas descendió en unas 3000, se registraron unos 7000 casos más de adulterio, unas 300 mujeres fueron quemadas vivas porque envenenaron a sus maridos, unos 100 hombres fueron ahorcados por asesinar a sus mujeres, y la cantidad de muebles y otras pertenencias destruidos por los hogares del país, llegó por valor de 3.000.000 rupias. Al ser informado de los hechos, el rey Julief restauró de inmediato el derecho al divorcio”.
Aunque desagradable y doloroso para las parejas implicadas, siendo el divorcio un acto tan sencillo de libertad y decisión personal, no tendría que ser tan costoso por un juicio en un tribunal que normalmente muchas veces no dura ni media hora, y casi nunca sobrepasa de una hora. La justicia, al igual que la sanidad, debe de ser un servicio público gratuito necesario, cubierto universalmente por todos los ciudadanos, que al fin y al cabo pagan los impuestos. Pero lo que realmente se ha convertido, es en uno de los grandes negocios con los se que aprovechan los letrados y demás gente de la judicatura. Es aberrante de ver cómo los abogados y procuradores, se forran de modo tan fácil y alegre, a costa de las desgracias y desavenencias ajenas, con la vista puesta en todo el dinero y patrimonio que disponen las partes afectadas y enfrentadas. “El negocio es el negocio”, y con la ley en la mano, redactada de manera interesada para que siempre haya un perdedor y un ganador, no deja de ser todo un robo y una rapiña encubierta.
Ya que toco el tema de las bodas, os dejo con un divertido video sobre una sesión de fotos de una boda, preludio de un divorcio seguro. Y felicidades a los recién casados:
1 comentario:
aquest últim vídeo que has penjat aquí és molt bo...
Publicar un comentario