miércoles, 27 de abril de 2011

LOS EIXEMPLOS DE LAS MONARQUÍAS.

No, no es que haya cometido una falta de ortografía con el título, sino que este era precisamente el título del libro que leía el criado de una pareja de aristócratas, llamado Elena, que por si fuera poco era hombre y además enano para más señas, a pesar del nombre. Claro, el enano era un ferviente monárquico y ese era el libro que leía, y aunque pudiera parecer uno de esos bufones de una corte de aristócratas, la fidelidad hacia su señor era completamente total. Los acontecimientos ocurren en el ficticio libro de Ramón J. Sender, titulado “El rey y la reina”, una romántica y apasionada historia de amor de dos aristócratas españoles enamorados que juntos se esconden en su palacio y resisten atrapados en el Madrid de la Guerra Civil.

La institución monárquica es algo que ha ido perdurando con los siglos, aunque al final se ha impuesto la institución republicana, heredera de antiguo republicanismo greco-romano. Ya Platón hizo una descripción de lo que debía de ser la institución republicana en su libro “La República”, aunque ciertos “enanos” como Elena todavía siguen obsesionados con el tema de la institución monárquica. Tras la huida de Troya por parte de Eneas, llegando a un lugar rodeado de siete colinas y fundando sus descendientes Rómulo y Remo aquella ciudad escrita al revés que debería llamarse AMOR, empezó a gobernarse por reyes, que al tener poderes absolutos, llegaban a gobernar tan mal llegando incluso a reprimir a sus súbditos, lo que llevó a la revuelta de éstos, a la caída de quien encarnaba la monarquía, a la instauración del modo republicano de Estado y con ello la división y limitación de los poderes en la forma de los cónsules, tribunos de la plebe, etc…. Pues se daba el caso de que por cada rey bueno y competente que gobernaba bien, salían 14 reyes completamente nulos, incompetentes e incapaces para gobernar al pueblo. Aunque el último de los republicanos romanos, Cayo Julio César no quiso ser César Rex, y era más republicano que nadie, su heredero Octaviano acabaría sentando las bases de la monarquía imperial romana por mucho que tuviera de republicano salvaguardando la vieja institución del Senado. El imperium de los considerados los Primeros Hombres de Roma, derivó a imperium monárquico en la persona de los emperadores y sus distintas dinastías, de desastrosas consecuencias de todos conocidas. Y eso de que el Imperio romano estaba en el occidente conocido, no digamos las monarquías del oriente (desde el imperio parto hasta las costas del mar de la China), donde más fomentada estaba la esclavitud, mientras que dentro del área romana el propio esclavo tenía ciertos derechos, incluso el de ganarse la libertad convirtiéndose en liberto. De hecho, en el oriente, según su poderío, incluso algunos reyes se hacían llaman “Rey de reyes”.

La caída del Imperio Romano trajo el feudalismo con el poder absoluto de los reyes y el juramento feudal de los reyezuelos hacia el rey, y de los vasallos hacia el señor. El rey o el aristócrata acaba siendo el dueño absoluto de vidas y de haciendas de todo el que esté bajo su reino. Lo mismo le vale a la Iglesia, de la que los reyes necesitan su complicidad para mantenerse en el poder, ya que el mismo Santo Padre es una forma más de rey absoluto e indiscutible, que como los demás reyes, sus poderes son de “origen divino”. Por eso Su Santidad el Papa es tan protegido y venerado por toda la clase aristócrata que ella misma se consideraba a sí misma “la nobleza”, es decir lo más “noble” de la sociedad, avalada por la propia Iglesia, cuyos grandes monasterios, catedrales, palacios episcopales e iglesias de distinto tamaño reflejaban su poder, lo mismo los castillos y demás palacios en los reyes, príncipes, duques, marqueses, condes, varones, y demás modalidades de señores feudales. Pero ya durante la época renacentista, un tal Nicolás Maquiavelo daría una serie de consejos para la realeza en su obra “El Principe”, y claro, príncipe quería decir “el principal”, o sea el hijo de un rey llamado a ser rey otro día. “El Estado soy Yo”, acabaría diciendo el rey francés Luis XIV, como la mejor definición resumida de lo que debe de ser un rey. Y con el resurgimiento de la Ilustración, los monarcas querían seguir teniendo poderes absolutos y de “origen divino” formando lo que se llamó “el Despotismo Ilustrado”, en la que el rey Federico II de Prusia, el Grande, le diría a Voltaire, uno de sus protegidos filósofos de la corte algo así como: “ si los plebeyos supieran y fueran tan ilustrados como nosotros, los reyes no estaríamos sentados en nuestro trono”. O si lo queréis, al “Principal” (el príncipe), en la Francia borbónica le llamaban “Delfín”, por eso en los partidos políticos o en las empresas, al sonado heredero suelen llamarle “el delfín”, aunque nada tenga de ver con el simpático gran pez. Y eso de que al ministro de la guerra de Carlos IV y amante secreto de la reina le llamaban “El príncipe de la paz” (me estoy refiriendo a Godoy, impopular entre el pueblo, porque muchas veces hacia las propias del monarca Borbón), y cuyo título a veces hacían servir los ministros de la guerra o de asuntos exteriores de ciertas monarquías europeas.

La Revolución francesa traería consigo la caída de la antigua monarquía o antiguo régimen, a pesar de los intentos de restaurarla por parte de los firmantes del pacto de la “Santa Alianza” auspiciada por el canciller austriaco Metternich, con la bendición y complicidad del santo Papa. Incluso el propio Napoleón Bonaparte se aprovechaba de la institución monárquica, nombrándose él mismo emperador, y repartiendo toda clase de títulos nobiliarios para recompensar a sus fieles, haciendo llamar a su hijo y heredero “Rey de Roma”, siendo, por ejemplo la actual monarquía sueca descendiente de un tal Bernadotte, uno de los militares al servicio del emperador francés. Pero la inercia de las nuevas revoluciones y la imposición del liberalismo quitarían mucho del poder absoluto de las monarquías a pesar de sus intentos de retener esos poderes sobre sus súbditos que consideraban de origen divino impuesto por la propia institución monárquica con la complicidad de la Iglesia. Las monarquías si no caen y derivan en republicas, pasan a ser constitucionales con limitaciones de los poderes de los monarcas que poco a poco van teniendo menos poder terminando por empezar a “reinar pero no gobernar” porque al final los verdaderos poderes pasan en la persona de un jefe de gobierno, y los que fueron súbditos de sus majestades, pasan a ser ciudadanos reconocidos constitucionalmente, especialmente tras la segunda guerra mundial en la que un párrafo de una publicación de la ONU dice más o menos textualmente lo siguiente:

“La ciudadanía, además de indicar el vínculo que existe entre un individuo y un Estado, esto es, el status cividatis, es también una situación jurídica individual en base a la cual una persona goza de derechos y debe cumplir obligaciones. La ciudadanía se distingue de la condición de súbdito, que comporta un ejercicio reducido, limitado, de los derechos civiles y políticos. La ciudadanía no podría ser separada de la concepción “patrimonial” del Estado, según la cual el Soberano, representado por el monarca absoluto, debía ser considerado como titular de todos y cada uno de los derechos sobre el territorio, incluso de los seres humanos residentes en el territorio del Estado, los que eran considerados “objetos” de los derechos del soberano. Solo se podría hablar de súbditos y no de ciudadanos, en el caso de habitantes de un Estado gobernado por una monarquía absoluta. (no constitucional). A diferencia de la condición de súbdito, la ciudadanía constituye un concepto jurídico que enlaza con las ideas difundidas por la Revolución Francesa que cimentaron las bases para la concepción del derecho, tanto interno, como internacional, y al desarrollo en sentido democrático del Estado moderno. La ciudadanía se entiende como una situación por la cual una persona, al contrario de la condición de súbdito, en la cual el monarca era libre de hacer lo que quería con la vida de sus ciudadanos, no es ya considerada un objeto que solo debe cumplir obligaciones, sino un sujeto cuyos intereses son tutelados y que goza de derechos que puede hacer valer frente a su Estado.”

Pero esto no es del todo cierto: por ejemplo, en la constitución española, la persona del monarca es inviolable, aunque en cuanto se refiere al heredero de la corona, todavía quedan residuos de la Ley Sálica que prohibe la subida al trono de las mujeres. Con la constitución vigente, las hijas de nuestro príncipe Felipe y de Doña Leticia, no pueden ser reinas como lo fue su antepasada Isabel II. Y por si fuera poco existe un pacto secreto entre partidos políticos y los medios de comunicación en el que el rey y la familia real son intocables y no pueden ser objetos de críticas, cuando lo normal seria que los reyes fueran como otro ciudadano más, con posibilidad de ser juzgados ante la justicia, pues todos los españoles somos iguales ante la ley, y con la posibilidad de ser criticables sus actos como lo son los de cualquier personaje con poderes en instituciones públicas. Es cierto que nuestro Juan Car tiene el oficio de ser “rey de todos los españoles”, pero como un español más debe de ser igual que el resto, pues “todos los españoles somos iguales ante la ley” teóricamente, aunque sabemos que prácticamente nadie es igual que nadie ante ninguna ley. En la mentalidad oriental se puede entender la inviolabilidad el rey, pues desde siempre y por todos los siglos se le ha considerado de origen divino sean el Mikado o los dueños del “celeste imperio”, mientras que en el occidente, cuna de la república de Platón y de la Revolución Francesa, los reyes deberían de ser como otro ciudadano más del país, con los mismos derechos y deberes, sin este privilegio único y exclusivo de inviolable e intocable que le otorga la constitución. No podemos seguir así de estar pasivos y callados ante cualquier actitud del monarca, que puede ser perfectamente criticable como la que es la de cualquier otro alto cargo del Estado como lo es el Presidente del Gobierno o del Tribunal Supremo, por citar dos ejemplos. Podría decirse, por ejemplo, que ante las “excepcionales circunstancias en la que se encontraba la nación”, según palabras del propio rey, en el golpe de estado del 23 de febrero de 1981, también podría intervenir y hacer algo el monarca español ante “las excepcionales circunstancias en las que se encuentra la España de los más de 5 millones de parados”. Su Majestad cobra de los contribuyentes varios millones anuales, y sería preciso que trabajara de verdad y se ganaran el sueldo él y su familia en arreglar o aportar algo de positivo para lo que más necesita España en su profesión de “rey de todos los españoles”, y que no fuera simplemente de hacer de turistas visitando un país tras otro con todos los gastos pagados en los mejores hoteles y con comilonas clasificadas en cinco cubiertos. ¿De qué trabaja el Príncipe, por ejemplo?, pues para irse de viaje y dar discursos repartiendo algún galardón cada año en Asturias, cualquier español vale, y encima con el suculento sueldo totalmente seguro sin sufrir competencia y el temor a ir cualquier día a formar parte de la mayor y más improductiva empresa existente en nuestro país: EL PARO. Por eso digo que las monarquías no tendrían porque ser intocables, ni que se enojaran sus miembros cada vez que fueran criticados, y en algunos casos sin necesidad incluso de cobrar de los contribuyentes, pues tienen medios sobrantes para mantenerse. La reina de Inglaterra, por ejemplo, es una de las mujeres más ricas del mundo, y no le haría falta recibir cada año estipendios del Estado pagados por los contribuyentes. Y eso de que la boda de su nieto parece ser que la va a pagar la Graciosa Majestad de su riquísima abuela, aunque el gobierno inglés tendrá que poner mucho dinero del contribuyente para garantizar el protocolo de seguridad en ese evento al que asistirán como invitados la realeza del resto del mundo, así como algunos jefes de estado y demás gente importante, aunque lo curioso es que ex primeros ministros laboristas como Blair o Gordon no han estado invitados por la casa real británica. ¿Residuos del absolutismo?. Aunque tengamos una larga tradición monárquica en España, especialmente la derivada de las casas de Austria y de Borbón, esta debe de mejorarse y ponerse más al día, constituyendo una monarquía completamente republicana, en la que el rey, es el ciudadano español que mejor debe de ejercer de la mejor manera el oficio de rey de todos los españoles.

Pues llegados a aquí se nos plantea el dilema: ¿qué es más barato para España: una república o una monarquía?. Es tradición secular la monarquía en España y la existencia de numerosas casas aristocráticas siendo la de Alba la más importante, y quizás no sería positivo ir contra la corriente de la Historia, siendo históricamente tan arrelado en España el sentimiento monárquico, que por otra parte tras nuestra Guerra Civil, fue la propia monarquía restaurada por el Caudillo de Francisco Franco en su sucesora a la Jefatura del Estado la que traería la Democracia y la Constitución en España. La existencia de una república presidencialista, en la que cada equis tiempo debe de cambiar de presidente y con ello todo su séquito de hombres de confianza, guardias y escoltas de seguridad, y demás personal allegado a la presidencia, muy probablemente resultaría mucho más caro a los presupuestos nacionales, que no el coste de mantener una familia real y su séquito. Por esa razón económicamente hablando un monarca resulta mucho más barato que un presidente de la república, y además representa en su persona de mejor manera la unidad de España, mientras que la de un presidente de la república se ve influido por el origen de su color político. Para todo lo demás, no es que gran cosa les quede por hacer a los miembros de la realeza, por lo que no es de extrañar que se dediquen a los viajes y a asistir a las bodas de las familias de sus colegas en las que siempre son invitados. Ahora toca el caso del nieto de Isabel II de Inglaterra, el príncipe Guillermo y la plebeya Kate Middletton. No es que aquello de “Dios los cría y ellos se juntan” se den solamente entre los miembros de la realeza y demás casta aristocrática, sino que incluso cada vez es más frecuente que reyes y príncipes encuentren al amor de su vida entre la clase plebeya, pues no se trata de supuesta sangre azul y demás cuentos de hadas, sino que la sangre es del mismo color para todos y fluye desde corazones que bombean de modo parecido. ¡Muchas felicidades a la nueva pareja real!